miércoles, 3 de febrero de 1999

Debemos crear el futuro al ritmo de los tiempos.

Lo bonito de la vida es que cuando unas cosas acaban, empiezan otras. Se va un año y comienza otro. Y digo un año porque para que el siglo acabe aún tienen que pasar más de 300 días. Aunque, a buen seguro, la mayoría de los mortales celebraremos dos veces el fin de siglo y de milenio: al final de 1999 y al final del 2000. Porque, aunque las matemáticas no fallan, las múltiples aplicaciones de las cosas tienen también múltiples interpretaciones.

Se ha ido un año y ha empezado otro. Al igual que los anteriores, con nuevas ideas, lleno de ilusión renovada, juventud preparada y tecnología punta hasta en la sopa. Ideas abundantes, imaginación desbordante, perspectivas halagüeñas, futuro abierto e inmenso, preguntas a raudales, dudas desmesuradas. Y, ¿cuál es el camino? ¿El que nosotros hemos trazado y seguimos labrando? ¿El que nuestros antepasados dejaron y nosotros dejaremos a los que vengan? ¿El que, día a día, se va haciendo porque el camino no existe sino que se hace al andar? ¿El que, dando pasos firmes, seguros y en buena dirección, nos lleva, segundo a segundo, a lograr la meta propuesta?

Muchos joyeros aún no lo creen. Esperan que las aguas cambien el rumbo. Pero las aguas van siempre río abajo y, cuando han pasado por un punto, ya no vuelven atrás.

No cerremos los ojos a los avances técnicos, porque éstos siguen a gran velocidad. Y el comercio actual es consciente de ello. No pongamos puertas al campo, ya que no seremos capaces de cercarlo todo porque es inmenso. O nos subimos al tren de alta velocidad o nos quedamos en el punto de partida. O nos empeñamos en colaborar y en crear el futuro al ritmo del tiempo o nos descolgamos del sector donde estamos metidos. Imaginen por un momento que, cuando se construyó el AVE Madrid-Sevilla, se hubieran comunicado de la misma manera todas las capitales españolas y europeas... ¡Qué ritmo de comunicación más ágil tendríamos! Piensen, por ejemplo, en la comunicación telefónica. No hace mucho nos sorprendíamos al ver gente con teléfonos móviles. Ahora, ¿qué sería de nuestros negocios sin ellos?

España tiene un buen ritmo de crecimiento y estamos a buen nivel tecnológico en general. Sin embargo, nuestro sector sigue incrédulo, con los ojos cerrados, sin creer ni querer lo que se avecina.

Ahora que el fax va a dejar de utilizarse, hemos detectado, en una reciente encuesta, que menos del 10% de los 23.000 profesionales de nuestro sector poseen este aparato. Nos preguntamos cómo recibirán las noticias escritas o con imagen. ¿Por correo? Si es así, mientras unos nos enteramos de las cosas en el más breve espacio de tiempo, otros tardarán días, incluso meses. Con Internet esta comunicación se hace casi a la velocidad del pensamiento. El que no sea capaz de comunicarse a este ritmo no va a llegar a tiempo.

Somos buenos profesiones diseñando y fabricando, pero malos comerciantes. Para que un buen producto se venda, primero hay que darlo a conocer y enseñarlo a ritmo de moda. Lo que hoy es, mañana deja de serlo. Debemos estar preparados para cambiar. Cada vez es más fácil fabricar lo que el consumo demanda, pero es más difícil vender lo que fabricamos.

En otra encuesta reciente, los encuestados comentan que en moda ya apenas se repiten pedidos. En lo nuestro empieza a suceder lo mismo. Por eso hay que extender el campo, agilizar la producción y acelerar la comunicación. Lo verdaderamente importante es llegar a tiempo.