Estamos viviendo en un mundo y en una sociedad en los que la cultura de la comunicación se impone como algo imprescindible. Tanto es así que se ha llegado a decir: “O comunicarse o morir”. Y esto es verdad también a nivel comercial. Sin que nos demos cuenta, el peso de las informaciones y los mensajes con que nos bombardean colonizan nuestras mentes candorosas.
Son informaciones y mensajes que no impulsan a aceptar ideas y a tomar decisiones. Pero, con frecuencia, esas ideas y esas decisiones no son las más acertadas ni las más convenientes. ¿Por qué?. Muy sencillo. Unas veces será porque estas informaciones y estos mensajes son realizados por gente inexperta e incluso ignorante en la materia. Otras veces será porque van teledirigidas para ser interpretadas de forma interesada, rehuyendo toda objetividad.
Con frecuencia en la publicidad no se suele utilizar un lenguaje que propicie la reflexión, el análisis de los hechos, la crítica razonada. Al contrario, se busca una terminología ingrávida e insustancial, con tópicos a granel, carente de la más elemental semántica y con predominio abusivo de confusas ambivalencias. Probablemente sea éste el método más idóneo y apropiado para acentuar y agravar nuestra despersonalización y nuestros impulsos irracionales. Con estas fuerzas, aceleradoras de la manipulación, lo que se consigue es desterrar cualquier principio intelectual o criterio ético que, pese a todo, aún pueda seguir anidando en nuestras cabezas bien pensantes.
Creo que no hace falta ser muy expertos en psicología o sociología para darnos cuenta de lo que sucede en nuestra sociedad. Vivimos controlados por el ojo del “ Gran Hermano” de Orwel –no el de esa frivolidad televisiva-. Él se encarga de alimentarnos con consignas que nos impulsan a satisfacer necesidades innecesarias y a poseer conocimientos totalmente inútiles.
Evidentemente, el resultado de esta manipulación no puede ser otro que una sociedad sin norte ni rumbo, temblorosa y agotada, formada por gentes bastardas manipuladas por el poder. Gentes incapaces de liberarse de esas cárceles publicitarias en las que los han recluido.
Es, precisamente, ahí donde la persona pierde buena parte de su dignidad y se convierte en un objeto maleable, en un títere saltarín.
Esa utilización de la persona como medio para otros fines cercena sus derechos fundamentales y la convierte en un pobre y lamentable ser alienado.
Se impone, pues, la necesidad ineludible de adquirir y transmitir criterios propios, capaces de elaborar opiniones personales. De ahí se deriva, lógicamente, la urgencia de una ética de la información, la necesidad de informar para formar y no para manipular. El lenguaje en todas sus modalidades necesita recobrar de nuevo su auténtico valor. Ya lo decía Epicteto: “Igual que existe un arte de bien hablar, existe también el arte de bien escuchar”.
Sólo haciendo gala de una rigurosa ética publicitaria, seremos capaces de hacer frente a tanta información desvirtuada y mercantilmente utilitarista. Sólo así seremos capaces de detectar si lo que intentan vendernos es gato o es liebre.
La ética publicitaria nos facilitará los medios para descubrir y desenmascara fácilmente a quienes no juegan limpio. Con ella nos daremos cuenta muy pronto de quienes son los que intentan manipularnos. Y digo intentan porque, si nosotros sabemos situarnos, sus pretensiones quedarán sólo en un intento fallido. Nunca podrán conseguir sus objetivos.
La ética publicitaria nos capacitará para que seamos y nos sintamos libres, con total autonomía, con plena conciencia y con suficiente capacidad para decidir responsablemente. De ahí la urgencia ineludible de un comportamiento.