Cada vez que paramos a reflexionar, cada vez que pensamos, surge en nuestro cerebro una catarata de ideas. Si las seccionamos, si las analizamos separadamente, comprobaremos que muchas de ellas con ideas válidas y razonables. Son, en definitiva, ideas inteligentes. Por eso, ante situaciones difíciles, lo mejor que podemos hacer es pararnos a pensar y analizar, serena y sosegadamente, la realidad.
La crisis que estamos viviendo, insistimos una vez más, no es del sector en sí. Es de las circunstancias envolventes que rodean cada caso. Unas veces son esas huidas o acelerones hacia delante sin rumbo ni meta. Otras veces son los miedos y los temores que nos agarrotan y nos atenazan. Pero lo cierto es que la realidad no está resultando tan halagüeña como todos desearíamos. No hay más que mirar a nuestro alrededor. ¿Qué vemos? Fábricas y almacenes que cierran; alubión de tiendas por doquier; multitud de viajantes en las calles… Y todo eso ¿por qué y para qué?
Me lo corroboraban el otro día en una reunión de expertos. La solución para vender stocks desfasados no es abrir tiendas nuevas y anunciar oportunidades a bombo y platillo. La gente está un poco asqueada de tantas falsedades como intentan colarles con demasiada frecuencia. La gente desconfía de determinadas “gangas”. Saben muy bien que “nadie da duros a cuatro pesetas”. Las soluciones hay que buscarlas por otros derroteros. Se impone una serena reflexión, un profundo análisis de cada situación, una búsqueda, más que global, tal vez individual, de cada situación concreta y específica; una solución particularizada para cada problema.
Nuestro sector se encuentra sumido en una total confusión, en un caos práctico y pragmático. Da la sensación de que lo único que busca, la única meta que parece tener clara, es la de obtener ventas, alcanzar resultados inmediatos, buscar facturaciones puntuales que alivien el problema del momento. Y eso, por mucho que nos duela reconocerlo, no son más que parches. Como dice otro refrán, “es pan para hoy y hambre para mañana”.
No hace mucho nuestras tiendas, por principio, no aceptaban marcas: eran reacias a ellas. Hoy parece que valen todas. Hoy se acepta cualquier producto sin más. No se le somete a un análisis ni se tienen en cuenta otras valoraciones de cara al futuro. Todos queremos aprovechar al máximo la circunstancia propicia. Todos queremos sacar rentabilidad óptima al momento concreto. Todos nos lanzamos alocadamente a una desenfrenada carrera, tratando de llegar primero, aunque tengamos que dejar el camino sembrado de cadáveres…
¿Nos hemos parado a reflexionar? ¿Nos hemos preguntado a dónde nos llevará todo esto? ¿No nos damos cuenta de que organizaciones externas a nosotros, altamente preparadas, nos están comiendo el terreno? Son organizaciones que, haciendo gala de una planificación y una tecnificación fuera de serie, llegan, se aposentan, toman posesión de nuestro campo y plantan allí sus reales. Sin ningún tipo de consideración hacia los que en él estamos y de él vivimos, no sólo nos retan con despectiva soberbia sino que nos apartan brutalmente, nos avasallan y nos arrojan fuera, como si fuésemos apestados malolientes.
Dejemos ya de lamentarnos y de plañir. Pensemos y reflexionemos… Después o al mismo tiempo, pongamos manos a la obra. Como decía nuestro gran filósofo, hoy tan denostado, Ortega y Gasset, “mientras haya alguien que crea en una idea, esa idea vive”. Las ideas son fuerza y dan fuerza. Y no temamos al futuro aunque se vista de incierto. Está en nuestras manos.
La fuerza colectiva
Una de las principales exigencias de la globalización es la intercomunicación, la interdependencia, la mutua relación entre todos los estamentos comerciales. Por eso, la realidad joyera actual necesita estar basada en las interdependencias que deben existir entre sus empresas y entre las personas que componen esas empresas. Nuestro sector no se puede entender sin que sea consciente de esa necesidad de interrelacionarse entre todos los que formamos su entorno.
Las interrelaciones son las que posibilitan y facilitan la realidad operativa de un negocio. Y constituyen, también, la alegría, la satisfacción, el placer, el gozo y el contento de sus componentes: nos ayudan a sentirnos y estar más protegidos, a desarrollar nuestra personalidad y a desplegar mejor todas las potencialidades que son inherentes e incumben directamente al colectivo joyero-relojero.
Si estamos bien interrelacionados, nunca nos sentiremos islas solitarias en medio de un océano tenebroso, francotiradores aislados, haciendo la guerra por nuestra cuenta. Al contrario, nos sentiremos parte de un todo, miembros de un colectivo eficiente y eficaz que nos potenciará para que seamos capaces de desarrollar las propias ideas personales a título individual y arropados por los demás.
Nuestro sector se ha basado siempre en la confianza mutua. La creatividad personal nunca ha sido objeto de envidia y ha sido siempre una fuente inagotable de emulación, de estímulo y de superación. Por consiguiente, si queremos que esto siga siendo así en medio de un mundo tan competitivo, es necesario que cada miembro sea capaz de incorporar al colectivo su valía, pero también su lealtad profesional y personal. Sin ellas, nuestra capacidad operativa se verá mermada en sus posibilidades. Sin ellas no seremos otra cosa que tristes navegantes solitarios a punto de zozobrar en medio de las tormentas actuales. Leales a carta cabal.
Solamente si somos leales a carta cabal, estaremos protegiendo las relaciones interpersonales. Además, si potenciamos y favorecemos los vínculos personales, estaremos dando solidez y continuidad al tiempo y a la historia, haciéndonos acreedores de un futuro más esperanzador. Cuando prevalece la solidaridad, el camino resulta más fácil, más transitable. Cuando prevalece la solidaridad, las metas soñadas no resultan tan utópicas ni tan inalcanzables.
La realidad actual nos está mostrando un nuevo concepto social, motivado por un egoísmo personal. Da la triste sensación de que nuestro mundo se ha vuelto totalmente insensible y contrario a esos valores que han sido santo y seña de la fraternidad gremial... Si queremos que los demás sean leales con nosotros, tenemos que comenzar por ser nosotros leales con ellos. Aquí, la valentía, la caballerosidad, la verdadera personalidad no están en esperar que otros vengan a nosotros sino en dar el primer paso para el acercamiento y para la colaboración. Los orgullos nunca son buenos consejeros.
No podemos prostituir más la realidad del sector. No podemos consentir que nos asfixien esas cadenas del egoísmo orgulloso e insolente. No podemos continuar haciéndonos la guerra unos a otros. O caminamos juntos, o sucumbiremos aislados. Si la rivalidad y la envidia pasan a ser una moneda habitual de cambio, estamos perdidos irremisiblemente.
La solución pasa por comenzar a ser leales con nosotros mismos, cada uno consigo mismo. Después -o al mismo tiempo- hay que luchar denodadamente para que esta lealtad básica se haga extensible a los demás, a todo el sector. Comencemos, pues, por respetar nuestras convicciones. Seamos reales y leales con nuestros principios. Mantengamos siempre una integridad moral. Hagamos gala de nuestra ética de valores. No nos empalaguemos con los éxitos temporales; pueden resultar demasiado efímeros. Hagámoslos duraderos -¿eternos?- y extensibles a los demás. Es el único modo de evitar el vacío. Nº Si las personas de nuestro sector están vacías, si no saben valorar lo que tienen y no tratan de buscar y fomentar alrededor su confianza, muy pronto llegará el declive, el desastre, el fracaso rotundo. No olvidemos que el vacío moral personal produce el vacío social y esto es aplicable no sólo a los negocios, sino a todos los campos de la vida.
La situación actual puede ser el principio del fin o simplemente el final de un principio. Yo soy de los que piensa que nuestro sector ha llegado al final del principio, al final de una etapa, al final de un periodo. De nosotros depende -de todos y cada uno de nosotros- el que esto no sea el principio del fin. En nuestras manos -en las de todos y cada uno- está el futuro, el mañana. De nosotros -de todos y cada uno- depende el triunfo o el fracaso.