Transcurrido un tiempo prudencial de mi rentrée laboral, después de las siempre cortas vacaciones veraniegas, voy a intentar desgranar sobre el papel los propósitos que hice durante el verano para que no caigan todos en saco roto ni se los lleve el viento de la rutina existencial.
A medida que iban pasado los días, en pleno contacto con la naturaleza y en la compañía de familia y amigos, mi mente se iba serenando y sobre ella se posaban múltiples ideas y proyectos. Pero había una que trataba siempre de imponerse sobre las demás. Pienso que la podemos sintetizar en la siguiente frase: "trata siempre de ser realista". Sí. No trates de ser Superman y volar sobre las nubes. Aterriza. Dedícate a esa hermosa aventura de ser una persona que camina con los pies bien asentados en tierra firme.
Inmerso en este diálogo interior, algunos compromisos afloraban con fuerza inusitada. Y me han obligado a reflexionar, a tomar decisiones de cara al hoy y al mañana. Por eso, a partir de ahora, en lugar de defender con virulencia mis ideas, voy a tratar de analizar la realidad cruda y desnuda. Voy a intentar observarla sin lentes distorsionadas. Tengo que aprender a mirar. Para ello, tengo que preguntar más y escuchar más.
Soy plenamente consciente de que no es fácil cumplir con este deber. Pero la realidad es algo que está por encima de cualquier consideración personal o profesional, tanto en gustos como en situaciones acomodaticias. Y la realidad -nuestra realidad joyera- está ahí, a la vista de todos los que la quieran observar con objetividad. Basta con abrir los ojos. Aunque nos duela en el alma, aunque nos sangre el corazón, no podemos falsear o intentar disimular lo que vemos y observamos.
Y, ¿qué es lo que vemos y observamos? Pues sencilla y llanamente, que nuestro sector está enfermo; no sé si gravemente enfermo, pero sí aquejado de una dolencia endémica más asfixiante cada día. Por eso, si nos sentimos joyeros de verdad, si amamos nuestra profesión, si queremos sobrevivir en ella, tenemos que poner las pilas a tope. Necesitamos cambiar el chip y tomar el medicamento adecuado para evitar su defunción.
La joyería -nuestra joyería- padece una crisis de identidad, acentuada por una clara desconfianza entre sus miembros y por esa desidiosa apatía congénita de dejarse llevar por la mayoría. Estamos volviendo la espalda a la realidad. No nos reconocemos ni a nosotros mismos. No creemos en los actuales líderes, arriesgados roturadores de caminos nuevos.
Desconfiamos de ellos. Dudamos de su capacidad e, incluso, de su honradez. Los ponemos en entredicho. No estamos de acuerdo en nada. Criticamos por norma y no aportamos soluciones. En una palabra, nos cuesta renunciar y dejar a un lado los totalitarismos repelentes de épocas pasadas.
Si nos consideramos personas y si queremos ser considerados como personas, debemos ser conscientes de que todos y cada uno somos responsables de nuestros actos. Y, por consiguiente, tenemos que responder de ellos ante todo el sector. Llegó la hora de la verdad para todos: del diseño a la industria, de la industria a la distribución y al consumidor. Recordemos siempre que el que está más informado es el consumidor. Es el único que de verdad sabe lo que quiere.
En la problemática existencial que nos envuelve a todos, no pretendamos cada uno tener todas las respuestas. En mi honestidad tengo que aprender a reconocer mis fallos y a valorar los aciertos de los demás. No se trata de ganar una competición de popularidad. Consciente de que mi libertad y mi independencia me evitarán caer en servilismos alienantes, intentaré servirme de las nuevas tecnologías con criterio y responsabilidad, con anticipación y sensatez, eliminando totalmente ese lamento plañidero de que "cualquier tiempo pasado fue mejor".
Es cierto que no partimos de cero. Sobre nosotros pesa una historia y una tradición. Necesitamos viajar al pasado; para conocerlo, no para anclarnos eternamente en él. Pero necesitamos soñar despiertos sobre un futuro mejor; no para vivir sólo de ilusiones quiméricas, sino para permanecer atentos y despiertos en un presente repleto de oportunidades, cargado de posibilidades y abierto siempre a la esperanza. Necesitamos "tener siempre viejas memorias y jóvenes esperanzas"
Ojalá que estas reflexiones no se queden en simples acrobacias del pensamiento y encuentren aplicación práctica en la vida. Ojalá que nos sirvan de ayuda para poner remedio a los males que nos aquejan y contribuyan a potenciar nuestras energías empresariales de cara a ese mañana que ya es hoy. Como decía Goethe, "nuestras facultades son tan limitadas que siempre creemos tener razón".
