viernes, 19 de diciembre de 2008

SOPESANDO LA CRISIS…

Alguien ha querido describir la situación actual afirmando que estamos ante un cambio de rasante sin saber lo que viene inmediatamente después. Todos los indicadores tienen las curvas de sus gráficos para abajo. Solo hay una que sube, la del paro. Y, a pesar de que sus trazos van hacia arriba, su significación es horrorosamente negativa. Tanto es así que estamos sintiendo la sensación de que todo lo viejo se tambalea y no aflora aun lo nuevo.

Dicen los entendidos que todo comenzó con una crisis de confianza. Fue a mediados del 2007 cuando los bancos comenzaron a desconfiar y dejaron de fiarse unos de otros. A ello se le unió una crisis de liquidez. Y claro, al no funcionar el sistema interbancario, aumentaron los recelos y la desconfianza se situó en niveles altísimos. Además, como no todos declararon sus valores de activos, la crisis se convirtió en crisis financiera, en crisis de crédito. ¿Resultado? Que todo el engranaje comenzó a tambalearse hasta que se desmoronó no sé –porque no soy especialista en la materia- si de una manera estruendosa o de una manera falsamente silenciosa. Y la consecuencia más inmediata y más palpable ahí está, a la vista de todos: las ventas han caído y siguen cayendo cada día.

Por estas y otras razones lo cierto es que estamos viviendo tiempos de miedo, de temor. Y a todos nos asalta la tentación de parapetarnos en la posición actual sin darnos cuenta de que, si no avanzamos, pereceremos estrepitosamente. Por eso resulta tan imprescindible arriesgarse, abrir nuevos caminos, roturar nuevas tierras. Vamos a surcar aguas por las que nunca habíamos navegado. Tenemos que avanzar por caminos hasta ahora desconocidos. Tenemos que dejar de hablar de lo mal que va todo y quemar nuestras energías en busca de otras oportunidades

Tampoco podemos quedarnos en esa otra actitud de preguntarnos cuánto va a durar la crisis y cuanto dinero nos van a dar para salir de ella. Los políticos prometen mucho. Pero la experiencia nos dice que contra el vicio de prometer, está la virtud de no dar. No seamos, pues, ingenuos. No comulguemos con ruedas de molino aunque vengan recubiertas de sonrisas embaucadoras.

Sí, las ideas y los riñones los tenemos que poner nosotros. No va a venir nadie a salvarnos. Y, por favor, no nos creamos incapaces. Tenemos un bagaje óptimo. Explotémoslo al máximo. No tengamos miedo al riesgo. Ha llegado el momento de estallar, de lanzarnos hacia delante con todas nuestras energías vitales y empresariales.

Ciertamente que es muy lamentable lo que está pasando. Pero con lloros y con lamentos no se superan las crisis. Tenemos que autoconvencernos: si queremos, podemos. Mas que ante una dificultad invencible, estamos ante una oportunidad ilimitada. Por eso tenemos que ser emprendedores. Tenemos que buscar cauces que creen valor, que potencien nuestros negocios, que les añadan valor.

Pero esto no se consigue dando palos de ciego. La forma de crear ese valor es abrir los ojos, analizar la realidad y dedicar un tiempo a la reflexión, haciéndonos diariamente unas preguntas a nosotros mismos. Un minuto del día es esencial para pensar, para buscar soluciones a esas preguntas, para poder caminar con paso firme y seguro sin esos tambaleos dubitativos que tantas veces nos llevan a adoptar decisiones erróneas.

Si solo nos limitamos a ser gestores, eso no vale. Tenemos que ser emprendedores. Y un emprendedor no se limita solamente a afrontar y a paliar riesgos. Va mucho más allá. Un emprendedor es el que va en busca de oportunidades. Por eso en época de crisis uno de los retos que se nos presenta es el de maximizar el valor de la oportunidad.

jueves, 11 de diciembre de 2008

CUANDO EL MAÑANA ES HOY

Un conocido refrán afirma que “no dejes para mañana, lo que puedas hacer hoy”. Y todos sabemos bien que con este aserto queremos afirmar rotundamente la necesidad de acometer cuanto antes las tareas que tenemos pendientes. De lo contrario, estaremos acentuando esa inclinación –no se si natural o antinatural- a posponerlas continuamente. Dejándonos guiar por esa tendencia innata a la pereza que llevamos dentro, acabamos posponiendo sine die esas tareas que nos acucian y que exigen de nosotros un esfuerzo más grande.

Frases como “Mañana comienzo en el gimnasio”, “Mañana dejo de fumar”, “Mañana comienzo a caminar un par de horas”, “Mañana hablaré con fulano…”, “Mañana emprenderé esta reforma”… están a la orden del día en nuestro quehacer habitual. Porque, seamos conscientes de ello o no, lo cierto es que todos somos propensos a posponer las tareas, sobre todo aquellas que nos pueden resultar más engorrosas. Y no nos damos cuenta de que con ello, al mismo tiempo que estamos haciendo aumentar aun más el estrés que empapa nuestra rutina existencial, estamos también renunciando a una serie de remedios que sin duda vendrían a paliar la crisis que nos acucia.

A esta manera de actuar, a esta tendencia a posponer o postergar las tareas o actividades que nos exigen un esfuerzo especial, los psicólogos la han bautizado con el nombre de procrastinación. Y aun que los diccionarios habituales todavía no recogen este término, no cabe la menor duda de que la palabreja en cuestión viene a reflejar una realidad en la que estamos inmersos a diario.

A la vista de este modo de comportarnos, los psicólogos se preguntan dónde están las causas que generan este modus operandi. Tratando de profundizar en las raices, suelen poner el acento en algunos aspectos que con frecuencia nos pasan desapercibidos. A la dificultad de asumir compromisos y a la falta de motivación en algunos casos, hay que añadir, sin lugar a dudas, el temor que provoca siempre la incertidumbre y la falta de confianza en uno mismo.

¿Adolece nuestro gremio de estas actitudes negativas? Yo no soy quien para diagnosticarlo rotundamente. Pero sí puedo manifestar con conocimiento de causa que alguno de estos males está bastante presente. Es más, incluso me atrevo a afirmar que el temor al fracaso nos bloquea demasiadas veces. Y ese temor es el que nos está llevando a caer en la apatía, posponiendo para más adelante lo que debiera merecer una actuación inmediata.

Es cierto que cada persona es un mundo. De eso no me cabe la menor duda. Pero también es cierto que para cada mal existe la terapia apropiada. Por eso, si no queremos acabar naufragando estrepitosamente, no nos queda otro remedio que el de analizar nuestros comportamientos a la hora de asumir responsabilidades. Nuestro potencial –el de todos juntos y el de cada uno en particular- está fuera de toda duda. Por consiguiente, ¿por qué no asumimos el reto? ¿Por qué no nos convencemos de que somos perezosos antes que incapaces?

Me consta que, ante la crisis que estamos sufriendo, todos y cada uno vislumbramos la necesidad de llevar a cabo determinadas acciones, de acometer determinadas reformas en nuestra empresa o en nuestro negocio. ¿Qué por qué no lo hacemos? Cada uno tiene que buscar por sí mismo la respuesta. Yo me limito a recordar otra vez el refrán popular, tan lleno de sabiduría y tan cargado de experiencia: “No dejes para mañana, lo que puedas hacer hoy”. Tal vez mañana sea demasiado tarde.