El hecho de poder afirmar que “Yo soy yo”, que “Yo soy una persona”, que yo “Yo soy mi mejor joya”, hace que podamos seguir analizando esa preciosa joya que somos cada uno. En consecuencia, podemos y debemos aceptarnos, respetarnos y amarnos tal como somos. Podemos y debemos confiar en nuestras propias capacidades y aptitudes, aceptando y valorando positivamente lo que somos y tenemos. Y podemos y debemos sentirnos capaces de proyectarnos hacia los demás con actitudes de bondad, comprensión, aceptación y acogida.
Teniendo claro este punto de partida, ya nos será posible la formulación de nuevas preguntas: ¿A dónde debo llegar? ¿Qué quiero ser? ¿En qué me quiero convertir? Son preguntas que pondrán de manifiesto los valores y las metas que me propongo alcanzar. Pero son preguntas que, a su vez, exigen la elección de una filosofía de la vida y la interiorización de una escala de valores humanos, imprescindibles para mi desarrollo personal en la sociedad en la que me ha tocado vivir.
Una persona psicológicamente madura, con plena conciencia de sí y de su propia unidad interna, está capacitada para reaccionar con libertad, tanto ante las determinaciones del ambiente como ante la rutina de las costumbres. El individuo humano solo es auténticamente él mismo, solo es auténtica persona, en la medida en que maneja y controla su propia vida en lugar de ser manejado y controlado por las circunstancias.
Esta propia identidad personal es la que obliga a cada uno a elegir, a optar, a decidir entre las diversas posibilidades que la vida ofrece. Es precisamente ahí donde tiene la oportunidad de ser fiel a sí mismo y no actuar únicamente para quedar bien o para complacer las expectativas de otros, ni dejándose llevar por la asfixiante tiranía de la moda o por las continuas presiones, poderosamente manipuladoras, de determinados medios de comunicación.
Para ser nosotros mismos necesitamos definir nuestra personalidad. Partiendo de lo que somos, necesitamos concretar al máximo qué queremos ser y a dónde queremos llegar, cuales son nuestras metas y dónde radican nuestros objetivos. Y, para ello, no valen medias tintas. No todo da igual ni todo vale lo mismo. Ante la crisis de valores – porque no es solo crisis económica- en la que está inmersa nuestra sociedad, ante la tremenda “tiranía de relativismo” que nos invade, resulta imprescindible definir y clarificar nuestra propia escala de valores. Son los que dar verdadero sentido a nuestra existencia
Pienso, además, que en esta ardua tarea de ser nosotros mismos, a todos nos hace falta una fuerte dosis de valentía y optimismo. El pesimismo y la cobardía que, con frecuencia nos invaden, son susceptibles de enmienda y corrección. ¿Cómo? Con autenticidad y coraje, con orgullo de ser lo que somos y de saber lo que queremos, con la confianza que nos da el saber cual es nuestra meta.
Por eso nunca nos podrán asustar ni amordazar los que, adoptando posiciones radicales e intransigentes, los que nos acusan de defender ideas obsoletas o de mantener posturas “políticamente incorrectas”. Allá ellos con su cínico talante. Con sus comportamientos contradictorios han desvirtuado su joya. Si se vanaglorian y pavonean de ser tolerantes, ¿por qué se afanan a diario en cavar trincheras de odio y de resentimiento?... ¿Qué pasa? ¿Qué no nos pueden manejar a su antojo? ¿Qué son cortos de miras y no han sido capaces de tallar y pulir su joya? Ya lo decía el famoso poeta hindú Rabindranath Tagore: “El que lleva su farol a la espalda, no proyecta hacia delante más que su propia sombra”.
Teniendo claro este punto de partida, ya nos será posible la formulación de nuevas preguntas: ¿A dónde debo llegar? ¿Qué quiero ser? ¿En qué me quiero convertir? Son preguntas que pondrán de manifiesto los valores y las metas que me propongo alcanzar. Pero son preguntas que, a su vez, exigen la elección de una filosofía de la vida y la interiorización de una escala de valores humanos, imprescindibles para mi desarrollo personal en la sociedad en la que me ha tocado vivir.
Una persona psicológicamente madura, con plena conciencia de sí y de su propia unidad interna, está capacitada para reaccionar con libertad, tanto ante las determinaciones del ambiente como ante la rutina de las costumbres. El individuo humano solo es auténticamente él mismo, solo es auténtica persona, en la medida en que maneja y controla su propia vida en lugar de ser manejado y controlado por las circunstancias.
Esta propia identidad personal es la que obliga a cada uno a elegir, a optar, a decidir entre las diversas posibilidades que la vida ofrece. Es precisamente ahí donde tiene la oportunidad de ser fiel a sí mismo y no actuar únicamente para quedar bien o para complacer las expectativas de otros, ni dejándose llevar por la asfixiante tiranía de la moda o por las continuas presiones, poderosamente manipuladoras, de determinados medios de comunicación.
Para ser nosotros mismos necesitamos definir nuestra personalidad. Partiendo de lo que somos, necesitamos concretar al máximo qué queremos ser y a dónde queremos llegar, cuales son nuestras metas y dónde radican nuestros objetivos. Y, para ello, no valen medias tintas. No todo da igual ni todo vale lo mismo. Ante la crisis de valores – porque no es solo crisis económica- en la que está inmersa nuestra sociedad, ante la tremenda “tiranía de relativismo” que nos invade, resulta imprescindible definir y clarificar nuestra propia escala de valores. Son los que dar verdadero sentido a nuestra existencia
Pienso, además, que en esta ardua tarea de ser nosotros mismos, a todos nos hace falta una fuerte dosis de valentía y optimismo. El pesimismo y la cobardía que, con frecuencia nos invaden, son susceptibles de enmienda y corrección. ¿Cómo? Con autenticidad y coraje, con orgullo de ser lo que somos y de saber lo que queremos, con la confianza que nos da el saber cual es nuestra meta.
Por eso nunca nos podrán asustar ni amordazar los que, adoptando posiciones radicales e intransigentes, los que nos acusan de defender ideas obsoletas o de mantener posturas “políticamente incorrectas”. Allá ellos con su cínico talante. Con sus comportamientos contradictorios han desvirtuado su joya. Si se vanaglorian y pavonean de ser tolerantes, ¿por qué se afanan a diario en cavar trincheras de odio y de resentimiento?... ¿Qué pasa? ¿Qué no nos pueden manejar a su antojo? ¿Qué son cortos de miras y no han sido capaces de tallar y pulir su joya? Ya lo decía el famoso poeta hindú Rabindranath Tagore: “El que lleva su farol a la espalda, no proyecta hacia delante más que su propia sombra”.
