Si sólo analizamos la realidad de forma somera y superficial, podemos llegar a la falsa conclusión de que estamos viviendo en el país de las maravillas. ¿Por qué? Porque todo parece funcionar a la perfección. Veamos algunos detalles: todo funciona con el Low Cost, con el Outlet, con las rebajas, con los descuentos. Sí, parece que con estos sistemas de venta todo funciona. Sin ellos, el sector se para, se detiene, se anquilosa. Por eso conviene preguntarnos si está ahí la panacea para todos nuestros males.
Llevamos unos meses que dicen algunos que mejor no hubieran existido, que mejor hacer un borrón y cuenta nueva. ¿Y qué va a pasar en los meses sucesivos? ¿Es que nuestro sector se ha de acostumbrar a trabajar los meses de fin de año y descansar el resto?
Hace tiempo se predijo que el dinero del joyero-relojero lo iban a ganar los de fuera, los de las marcas de moda. Y parece que hay que darles la razón a los que hacían esa afirmación. Algo de eso está ya sucediendo. Sin embargo, ahí no está todo el meollo del problema. Es necesario tener en cuenta y añadir otras dimensiones no menos importantes que obligan a nuestros detallistas a prepararse para el reto que se les avecina.
Primero pusimos pegas a las grandes superficies; luego a los bancos; más tarde a la venta ambulante o por catálogo; ahora a las ventas por internet, etc., etc. ¿En qué nos vamos a fijar en el futuro? ¿Qué disculpas vamos a buscar? ¿En que las tiendas de ropa vendan joyas y relojes? No seamos papanatas ilusos ni conformistas resignados.
Un proceso de reencarnación
Es hora de que empecemos a poner las barbas a remojar. Porque nuestro sector no está muerto: simplemente está sufriendo una reencarnación. Y todos somos actores en ella. No somos solamente sufridores pasivos. ¿A qué esperamos los cerca de treinta mil profesionales que desde hace siglos nos llamamos joyeros o relojeros?
Vivimos la era de tarifas planas, del coste ajustado o económico, de los mensajes publicitarios que sin duda calan en el cliente actual. Pero no podemos engañar ni podemos dejarnos engañar. La publicidad ha de ser verdad: no puede inducir a error a los receptores de los mensajes. Las marcas ofrecen y ofertan garantía; dan seguridad y confianza en el cliente. Y eso es muy bueno, está muy bien. Pero, ¿es suficiente?
En el sector la marca blanca, el oro o los diamantes por su valor han dejado de ser punto primordial. Falta la garantía del fabricante. Falta el paraguas de la marca que lo promocione o del establecimiento que lo venda. Todos sabemos que las garantías las pueden aportar las marcas del producto o el establecimiento que lo vende. Y si son de los dos, con mayor seguridad.
No quiero ser dramático pero aquí también llegó la globalización y nos está pillando a muchos con el paso cambiado. Tenemos que saber que todo cambio trae ventajas e inconvenientes, riesgos y oportunidades. Pero lo que está claro es que al que se para en medio de la vía, lo atropellan. El que no se sube a la alta velocidad, no llega a tiempo. Y el que no adecua sus herramientas y formas de trabajo, se va a quedar descolgado. Dejémonos pues de lamentaciones. No esperemos a que nos atropellen.
