martes, 13 de mayo de 2003

CIERTO OLOR A CONFUSIÓN

Entre lo real y lo virtual
Vivimos en un mundo en el que la velocidad y las prisas nos agobian. Y esto afecta también a nuestra manera de hablar, de dialogar. Queremos decir tantas cosas y tenemos tan poco tiempo que atropellamos las palabras. Hablamos tan deprisa que casi no ponemos atención en lo que decimos. Corremos tanto hablar que la palabra va más veloz que la mente.

A veces, a los buenos vendedores se les cuelan palabras que no son suyas y que, en ocasiones, nunca habíamos escuchado. Con demasiada frecuencia cogemos fórmulas de otros: de anuncios, de slogans. Utilizamos expresiones que, si no están bien aplicadas, pueden llegar a ser verdaderos disparates.

Nos hemos convertido en autómatas, en máquinas programadas. Hablamos como si fuésemos un manual de trabajo, de marketing. Lo fidelizamos todo. Lo queremos “personalizar” todo. Y, con más frecuencia de la debida, metemos la pata soberanamente. Queremos presumir de “progres”, de estar al día, de adelantarnos al futuro. Y lo hacemos sin afirmar primero los pies.

Lo he dicho muchas veces en público y en privado: el futuro ya está aquí. Pero este problema no se soluciona simplemente por conocerlo. Hay que dar los pasos oportunos, todos lo que resulten necesarios. Las prisas y los saltos en el vacío no son buenos consejeros. A veces, por ir más deprisa, queremos ahorrar y buscamos atajos. Y, claro, se nos borra el camino, se nos esfuma la ruta y nos quedamos cada vez más perdidos, más desorientados, más desnortados, sin saber a donde ir ni por donde avanzar.

Con tantas prisas se nos olvida con demasiada frecuencia lo más elemental. Ya no sabemos utilizar los cauces normales para conocer a la gente, para comunicarnos, para dialogar, para construir esos vínculos de empatía, tan necesarios e imprescindibles en nuestro diario quehacer. Los COM, NET, ES, etc. nos han trastocado los caminos reales de siempre. Estamos llegando a la relación sin relacionarse, a la despersonalización más absoluta. Así por ejemplo en el amor algunas parejas ya sólo se conocen “chateando”.

El papel de la técnica
Para objetivos determinados, para metas concretas, las técnicas modernas específicas resultan eficaces; pero otras veces no lo son tanto. Incluso nos pueden abocar a situaciones límite en las que nos vemos implicados al desconocer los aspectos más fundamentales del “otro”, de ese “tú” que tenemos delante y con el que pretendemos contactar y sintonizar.

En los negocios pasa más de lo mismo. Sin embargo en ellos, si la ética y la seriedad imperan, esas técnicas pueden tener su valor y su efectividad y pueden resultar muy rentables.

Se acabó aquel apretón de manos para cerrar un trato. Hemos perdido humanidad. Hemos convertido las cosas virtuales en reales. Y por mucho que nos empeñemos, entre ambas hay diferencias abismales. Un beso... ¿es igual real que virtual?. Aunque el gusto y el placer los podamos imaginar cada uno a nuestro antojo, todos podemos experimentar que no es lo mismo.

Como las prisas nos agobian y no tenemos tiempo de cultivar compañías reales, las sustituimos por virtuales. Ahora bien, que le pregunten al propietario de un establecimiento si es lo mismo el contacto personal con un buen agente comercial o la frialdad de un contacto virtual. Por mucho que nos empeñemos, no podemos sustituir uno por otro. No se trata de embarcarnos en una elección excluyente. Creo sinceramente que los dos deben ser complementarios. No deben sustituir sino ayudar.

El valor insustituible de la persona
Por consiguiente, no pretendemos convertir en un fin lo que solamente es un medio. Los códigos de conducta ya están dictados. No podemos inflar el protagonismo de esos medios que los avances técnicos nos brindan y ponen a nuestra disposición... Por mucho que nos empeñemos, nunca podrán sustituir a las personas.

¿Recuerdan que algunos agoreros vaticinaron la muerte inminente del cine cuando se inventó la televisión?. También con el invento de internet se llegó a predecir el final no lejano de los libros, del papel y de la propia televisión. Sin embargo todos vemos y comprobamos que no es así. Cada uno sigue ocupando su espacio vital, desempeñando en él una función relevante e insustituible.

Una vez más se impone el sentido común. Lo que tenemos que hacer es comenzar por colocar cada cosa en su sitio. La técnica hay que saber utilizarla y dominarla antes de que ella nos trague o nos conquiste a nosotros. Si queremos prosperar, no podemos oponernos por sistema a los avances técnicos. Debemos saber utilizarlos cada vez más. Pero teniendo presente siempre que la última decisión es nuestra. Sin nosotros esa técnica no tendría sentido. EL ser humano es y será insustituible.

sábado, 10 de mayo de 2003

DECÁLOGO... PARA LA REFLEXIÓN

1. La llave del éxito en la vida es el conocimiento del valor de las cosas. El éxito es una escalera por la que no puedes subir con las manos en los bolsillos. El éxito es un camino, no un destino. La disciplina es la parte más importante del éxito.


2. Algunos hombres nacen mediocres, otros se hacen mediocres y a otros la mediocridad les cae encima. La mediocridad y la rutina son hermanas gemelas: nadie llega a la cumbre acompañado por ellas. Apenas se da un paso para salir de la mediocridad, se está ya a salvo... Decían que era mediocre pero tuvo fuerzas y se alzó con el triunfo.


3. En la vida hay algo peor que el fracaso: el no haber intentado nada. Nadie se hace hombre sin haber triunfado en los fracasos. Todo fracaso es el condimento que da sabor al éxito. El fracaso fortifica a los fuertes. La mayoría de las personas fracasan por no haber tenido antes una idea clara de lo que querían conseguir.


4. Solo las ideas salvan a las personas. Las ideas son fuerza. Las ideas son capitales que solo producen intereses en las manos del talento. Lo malo de mucha gente no es su falta de ideas sino la falta de confianza en las pocas que tienen. La dificultad no consiste en tener una idea sino en hacerla producir y, después, saber coger sus frutos.


5. El hombre absurdo es el que no cambia nunca. Nadie debe ser esclavo de su identidad: cuando surge una posibilidad de cambio, hay que cambiar. En un mundo superior puede que sea de otra manera; pero aquí abajo, vivir es cambiar, y ser perfecto equivale a haber cambiado muchas veces. Es el cambio el que hace avanzar el mundo.


6. La respuesta más corta ante un problema es la acción. El hombre que dice “eso no puede hacerse”, será sorprendido por alguien que lo haga. Solo la actividad hacia un determinado fin hace soportable la vida. No hagas lo que te guste hacer ahora, sino lo que te guste luego haber hecho. Todos los hombres de acción son unos soñadores.


7. Mantén viva en ti la facultad del esfuerzo. No se cogen truchas a bragas enjutas. Suda y te salvarás. No hay esfuerzos inútiles. Todo esfuerzo es un éxito. El necio se dedica a desear en voz alta aquello que jamás se esfuerza en alcanzar.


8. Hasta que no sepas por qué la gente compra cosas, no venderás nada. En las fábricas y en los talleres se hacen productos materiales; en las tiendas se venden esperanzas. Quien no tenga un rostro sonriente, no debería abrir una tienda. Mercancía bien ofrecida, casi vendida.


9. La grandeza de una persona no se mide por sus cualidades sino por el uso que hace de ellas. Los productos los pueden hacer las máquinas, la calidad la ponen las personas, a pesar de sus fallos. El sentido común dice que un error sirve para buscar soluciones, no culpables. El sentido común, llevado a un grado nada común, es lo que el mundo llama sabiduría. Intentando lo imposible es como se realiza lo posible.


10. Causan mayor admiración las cosas nuevas que las grandes. Los seres humanos están siempre ávidos de novedades. Lo nuevo viene de lo antiguo y no por eso es menos nuevo. Lo bueno y lo bello son eternamente nuevos... Todo es nuevo cuando se mira con ojos nuevos. Aprender a ver, es el más largo aprendizaje de todas las artes. Existe un único procedimiento para ver las cosas: tratar de ver con el corazón.


NOTA: Este “decálogo” ha sido confeccionado a base de “frases célebres”. Unas fueron escritas o pronunciadas por personajes célebres. Otras pertenecen al anonimato de la sabiduría popular. Con ellas se demuestra, una vez más, que “no hay hombre tan sabio que no tenga necesidad de consejo ajeno”.