viernes, 30 de mayo de 2008

EL VALOR DE UNA IDEA

Aunque algún iluso pueda pensar lo contrario, ninguna empresa brota por generación espontánea. Por eso dicen, y con razón, que todo proyecto empresarial surge y se desarrolla en torno a una idea. Es el punto de partida imprescindible. Sin él -sin una idea- resulta imposible cualquier parto empresarial. Si no se dispone de una idea, falta la base sobre la que fundamentar la edificación. Sólo a partir de la idea y después de ella podrán los otros factores desempeñar su papel.
Sin embargo, no es necesario ni imprescindible ser un gran pensador para disponer de esa idea que después nos permita desarrollar nuestro proyecto empresarial. Las ideas de la mayoría de los emprendedores que han tenido o tienen éxito, no suelen provenir de grandes descubrimientos. Tampoco son necesarias extraordinarias y sesudas elucubraciones mentales. A veces basta una simple y sencilla intuición; una intuición que es apreciada inmediatamente en la mente de la persona como una extraordinaria oportunidad de negocio. Y es a partir de ese instante preciso cuando la creatividad del interesado conseguirá darle forma y revestirla de las dimensiones apropiadas, para que cristalice en una realidad palpable. Sí, será a partir de ahí –y sólo a partir de ahí- cuando con su entusiasmo logre materializarla en un nuevo proyecto empresarial.
Claro que, una vez que se tiene clara la idea, será necesario conjugar otros múltiples y variados elementos que la hagan llegar a feliz término. La idea sola, aunque tenga una fuerza intrínseca inaudita, no es capaz por sí misma de ponerse en movimiento. Necesita de la cooperación de otros elementos que la hagan aterrizar, que la hagan salir de su dulce mundo de ensueños y fantasías, que la hagan fructificar con ese necesario realismo transformante y transformador.
Dicen que tanto el entusiasmo como la creatividad son, efectivamente, elementos que juegan un papel esencial a la hora de transformar la idea en una realidad palpable y fructífera. Pero tampoco parecen ser suficientes. Los psicólogos hablan de otros elementos y afirman que la motivación y los estímulos psicológicos deben ser muy tenidos en cuenta.
Un sabio profesor de economía aplicada afirmaba rotundamente que "tener una idea de empresa supone ser capaz de encontrar aquello a lo que se va a dedicar la propia compañía y darle la forma para hacerla rentable". Y la experiencia parece darle toda la razón. De lo contrario, sería dar palos de ciego o construir castillos de naipes condenados a desmoronarse estrepitosamente.
Pienso que para lograr ideas de empresa, ideas que puedan ser llevadas a la práctica con éxito, es imprescindible otear el horizonte comercial, observar detenidamente el entorno y estar atentos a los constantes cambios que se producen. Hay que escudriñar la realidad, observarla de forma sistemática, sopesar rigurosamente los cambios e intuir sus posibilidades.
A partir de una génesis tan modesta como ésta, la idea, si se consigue darle la forma adecuada, se podrá convertir en una verdadera oportunidad de negocio. Porque, para que la idea se convierta en una oportunidad, hay que dar un paso al frente. No podemos quedarnos parados en el mundo de las ideas, aunque sean ellas las que mueven el mundo. Hay que hacerlas operativas. Hay que transformarlas en realidades, utilizando los instrumentos adecuados.
Tras intuir la razón por la cual el potencial cliente apreciará el valor de la oferta que se le va a realizar, es necesario que el producto que pretendemos ofertar llegue hasta él por los cauces más apropiados. Los clientes tienen que percibir que van a comprar algo mejor, que les va a satisfacer más, bien porque les supone un menor desembolso económico (cosa muy de agradecer en épocas de crisis como la nuestra), bien porque su calidad es superior.
Si no se sabe responder a la pregunta “¿por qué me comprarán?” es que la idea todavía no se ha transformado en una oportunidad operativa y lucrativa. Con otras palabras, la idea todavía no ha aterrizado ni se ha concretado.
El valor de las ideas está fuera de toda duda. Pero no podemos quedarnos en su mundo teórico. Es preciso, hoy más que nunca, hacerlas productivas. Nos va en ello la vida de nuestras empresas.

lunes, 26 de mayo de 2008

INNOVACIÓN Y COMPETITIVIDAD

La vorágine comercial en la que estamos envueltos nos obliga a ser cada día más competitivos. Nuestras empresas no pueden permanecer pasivas, aletargadas o simplemente dejándose llevar por la inercia. Tienen que hacer todo lo posible por situarse en la vanguardia de la competitividad. De lo contrario, perecerán sin remedio.

Sin embargo tenemos que ser conscientes de que esta tarea no resulta nada fácil. Al contrario, exige saber combinar múltiples elementos. Y, además, combinarlos en la proporción adecuada. La siguiente frase la leí el otro día y me llamó poderosamente la atención. Por eso no me resisto a transcribirla literalmente. Decía: “Combinar creatividad, tecnología, capacidad organizativa y esfuerzo colectivo para conseguir servicios o productos nuevos, se está convirtiendo en el auténtico reto de futuro para las empresas”. Creo que la susodicha frase viene a arrojar un poco –o un mucho- de luz sobre la nebulosa comercial en la que nos vemos inmersos y que amenaza nuestro porvenir con tintes nada halagüeños. Pienso que todos somos consciente de esa necesidad de innovar. Pero también pienso que con demasiada frecuencia no sabemos por donde comenzar o qué facetas abarcar.

Por eso quizás no nos venga mal detenernos un poco a reflexionar sobre este problema y tratar de buscar las soluciones más acordes con las necesidades y los objetivos de cada empresa, analizando someramente el campo de alcance de cada uno de esos cuatro elementos que es necesario conjugar y combinar.

Los cuatro elementos a combinar
En primer lugar está la creatividad, esa “facultad o capacidad de hacer o crear una cosa con originalidad”. A nadie se le escapa que nuestras empresas, si quieren competir, tienen que ser creativas, Tienen que ofertar productos nuevos y novedosos. Si no quieren quedar anquilosadas, si no quieren perder el tren, tienen que estar presentando continuamente nuevas y novedosas creaciones.

Esto exige disponer de una tecnología apropiada. Los avances tecnológicos nos facilitan el trabajo creativo. Una tecnología obsoleta poco puede dar de sí. De ahí que resulte tan necesario renovar e innovar nuestras tecnologías, nuestros procesos de fabricación y distribución, nuestros sistemas para poner el producto al alcance del cliente.

Para ello necesitamos hacer uso de nuestra capacidad organizativa. Necesitamos poner en movimiento todo el engranaje de la empresa para que cada pieza y cada persona realicen su tarea de una forma organizada. Aquí no basta con realizar un trabajo así sin mas. Hay que trabajar organizadamente. Hay que “disponer las personas y las cosas de la forma mas adecuada” para lograr el fin propuesto.

Claro que todo eso exige un tremendo esfuerzo colectivo. Una vez más hay que afirmar que en el tema de la innovación, todos somos necesarios. Y, al decir todos, no me refiero solamente a a las personas que forman la empresa, cada empresa. Eso hay que darlo por supuesto. En ninguna empresa tienen cabida los parásitos ni los zánganos.

Al hablar de esfuerzo colectivo, me refiero también a nuestro gremio como tal. Si queremos un gremio pujante y con fuerza competitiva, si aspiramos a que nuestro gremio pise firme y seguro, tenemos que hacerlo unidos, aportar todos y cada uno esa vitalidad que nos va a resultar imprescindible para avanzar. Cuanto más unidos estemos, más competitivos seremos.