Aunque algún iluso pueda pensar lo contrario, ninguna empresa brota por generación espontánea. Por eso dicen, y con razón, que todo proyecto empresarial surge y se desarrolla en torno a una idea. Es el punto de partida imprescindible. Sin él -sin una idea- resulta imposible cualquier parto empresarial. Si no se dispone de una idea, falta la base sobre la que fundamentar la edificación. Sólo a partir de la idea y después de ella podrán los otros factores desempeñar su papel.
Sin embargo, no es necesario ni imprescindible ser un gran pensador para disponer de esa idea que después nos permita desarrollar nuestro proyecto empresarial. Las ideas de la mayoría de los emprendedores que han tenido o tienen éxito, no suelen provenir de grandes descubrimientos. Tampoco son necesarias extraordinarias y sesudas elucubraciones mentales. A veces basta una simple y sencilla intuición; una intuición que es apreciada inmediatamente en la mente de la persona como una extraordinaria oportunidad de negocio. Y es a partir de ese instante preciso cuando la creatividad del interesado conseguirá darle forma y revestirla de las dimensiones apropiadas, para que cristalice en una realidad palpable. Sí, será a partir de ahí –y sólo a partir de ahí- cuando con su entusiasmo logre materializarla en un nuevo proyecto empresarial.
Claro que, una vez que se tiene clara la idea, será necesario conjugar otros múltiples y variados elementos que la hagan llegar a feliz término. La idea sola, aunque tenga una fuerza intrínseca inaudita, no es capaz por sí misma de ponerse en movimiento. Necesita de la cooperación de otros elementos que la hagan aterrizar, que la hagan salir de su dulce mundo de ensueños y fantasías, que la hagan fructificar con ese necesario realismo transformante y transformador.
Dicen que tanto el entusiasmo como la creatividad son, efectivamente, elementos que juegan un papel esencial a la hora de transformar la idea en una realidad palpable y fructífera. Pero tampoco parecen ser suficientes. Los psicólogos hablan de otros elementos y afirman que la motivación y los estímulos psicológicos deben ser muy tenidos en cuenta.
Un sabio profesor de economía aplicada afirmaba rotundamente que "tener una idea de empresa supone ser capaz de encontrar aquello a lo que se va a dedicar la propia compañía y darle la forma para hacerla rentable". Y la experiencia parece darle toda la razón. De lo contrario, sería dar palos de ciego o construir castillos de naipes condenados a desmoronarse estrepitosamente.
Pienso que para lograr ideas de empresa, ideas que puedan ser llevadas a la práctica con éxito, es imprescindible otear el horizonte comercial, observar detenidamente el entorno y estar atentos a los constantes cambios que se producen. Hay que escudriñar la realidad, observarla de forma sistemática, sopesar rigurosamente los cambios e intuir sus posibilidades.
A partir de una génesis tan modesta como ésta, la idea, si se consigue darle la forma adecuada, se podrá convertir en una verdadera oportunidad de negocio. Porque, para que la idea se convierta en una oportunidad, hay que dar un paso al frente. No podemos quedarnos parados en el mundo de las ideas, aunque sean ellas las que mueven el mundo. Hay que hacerlas operativas. Hay que transformarlas en realidades, utilizando los instrumentos adecuados.
Tras intuir la razón por la cual el potencial cliente apreciará el valor de la oferta que se le va a realizar, es necesario que el producto que pretendemos ofertar llegue hasta él por los cauces más apropiados. Los clientes tienen que percibir que van a comprar algo mejor, que les va a satisfacer más, bien porque les supone un menor desembolso económico (cosa muy de agradecer en épocas de crisis como la nuestra), bien porque su calidad es superior.
Si no se sabe responder a la pregunta “¿por qué me comprarán?” es que la idea todavía no se ha transformado en una oportunidad operativa y lucrativa. Con otras palabras, la idea todavía no ha aterrizado ni se ha concretado.
El valor de las ideas está fuera de toda duda. Pero no podemos quedarnos en su mundo teórico. Es preciso, hoy más que nunca, hacerlas productivas. Nos va en ello la vida de nuestras empresas.
