lunes, 28 de abril de 2008

ZAFARRANCHO DE COMBATE

Aunque en otro lugar de esta publicación un experto en la materia desarrolla el tema con airosa maestría, con precisión científica y con elegancia literaria, me ha parecido conveniente hablar de lo mismo, subrayando algunos aspectos concretos.

Me refiero a la tan cacareada madurez que necesitan nuestras empresas. Porque, queramos o no, tenemos que adaptarnos a los tiempos. La renovación industrial en nuestro sector es algo absolutamente necesario. De lo contrario, pereceremos sin remedio. Hemos oído tantas veces la palabra crisis que ya casi nos suena a cuento chino.

Sin embargo, a poco que analicemos nuestro entorno, nos daremos cuenta de que esta palabra tan funesta refleja una preocupante realidad; una realidad ante la que no podemos permanecer insensibles; una realidad que abarca todas las facetas de nuestro pequeño-gran mundo empresarial y que nos sitúa en la disyuntiva de ser o no ser. Ante la crisis que estamos viviendo -que, según los expertos, no es mas que el tímido reflejo de lo que se avecina de inmediato-, urge poner manos a la obra y utilizar todos los instrumentos que estén a nuestro alcance para poder superarla. Con otras palabras, urge adoptar una postura comprometida. Y urge que lo hagamos ya, pero no de forma individualista, sino como gremio diferenciado.

Los cambios estructurales que están teniendo lugar, nos obligan a tomar posiciones comprometidas. Necesitamos despertar de nuestro letargo. Tenemos que vencer esa amorfa rutina que, sin que muchas veces nos demos cuenta, nos está llevando a perder el tren del progreso. La evolución es ley de vida. La innovación es una necesidad ineludible Ya lo dice taxativamente y con su rotunda fuerza experiencial el refranero: “O renovarse o morir”.

Dos tipos de estrategias
Aunque cada empresa debe adoptar aquella estrategia que considere más positiva y eficaz, será todo el conjunto –todo el gremio- el que deberá trazarse unas líneas fundamentales por las que poder avanzar. Necesitamos una estrategia individual y una estrategia colectiva. Serán ambas las que nos catapulten hacia ese éxito con el que soñamos cada día.

Tenemos que abrir nuevos mercados. Tenemos que ofertar productos que satisfagan con creces las necesidades de los clientes. Tenemos que saber despertar nuevas sensaciones. Tenemos que aportar al consumidor un producto atrayente y llamativo. Tenemos que ofrecer un servicio y una garantía… Todo eso ya lo sabemos. Y, además, intentamos llevarlo a la práctica. ¿Qué nos falta entonces? ¿Por qué fracasamos? Y, si no fracasamos, ¿por qué no alcanzamos el éxito deseado?

Estrategia, innovación y gestión constituyen una trilogía de valores operativos que no podemos dejar de lado. Están en el eje del triunfo, efectivamente. Pero no lo son todo. El mundo moderno, altamente tecnificado, nos oferta, además, otras herramientas que no podemos despreciar y de las que tenemos que echar mano cada vez con mas asiduidad. Me refiero a todos esos instrumentos que facilitan y aportan nuevos canales de comunicación con los potenciales clientes. ¿Por qué, teniéndolos al alcance de la mano, somos tan reacios a usarlos? ¿Por qué nos cuesta tanto salir de esa inoperante rutina que nos está condenando al fracaso? ¿Por qué no aprendemos de otros gremios?

Son preguntas que todos y cada uno debemos formularnos. Son preguntas que urgen de nosotros una respuesta práctica. Son preguntas que implican todo nuestro ser y todo nuestro actuar empresarial. Por eso, de la respuesta que demos a estas preguntas, va a depender en gran medida no sólo nuestra proyección de futuro, sino también nuestro presente actual.

viernes, 25 de abril de 2008

EL VALOR DEL TIEMPO

Dicen que el tiempo es oro. Y debe ser verdad. Para cualquier empresario es una de las principales claves para obtener buenos resultados. Entre las múltiples variables que hay que sopesar al dirigir una empresa, la gestión del tiempo ocupa un lugar preferencial.

Por algo somos todos tan esclavos de él. Dicen también que el tiempo es la medida de todas las cosas. Por algo decía Baltasar Gracián que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. En cualquier empresa y proyecto empresarial, es necesario establecer unas metas y fijar unos objetivos. Ahora bien, el logro de esos objetivos y la consecución de esas metas, va a depender en gran medida de la realización de la tarea. De ahí que el manejo del tiempo resulte de importancia vital. Necesitamos, pues, saber manejar el tiempo, saber invertirlo y sacarle el máximo rendimiento. Cada caso necesita ser estudiado con delicadeza. Y cada solución debe ir acorde con los planteamientos previstos.

Lo que sí podemos afirmar es que para manejar y sacar mejor rendimiento a esta variable es necesario conocer más y mejor sus características y sus leyes. Si no tratamos de conocer el tiempo y manejarlo, terminaremos engullidos por sus devoradoras fauces. Por eso, a lo largo de los siglos, los pensadores han dedicado tanto tiempo y esfuerzos a estudiar el tiempo. Conscientes de su valor, no han escatimado medios para profundizar en el misterio que engloba esta dura realidad existencial.

Estamos ante un elemento indispensable. Queramos o no, ninguna iniciativa, ninguna realización puede ser llevada a cabo sin que el reloj esté presente. Pero es que, además, el tiempo es inexorable: no es posible ahorrarlo o detenerlo. El tiempo fluye y desaparece. De ahí la necesidad de aprovecharlo al máximo, de sacarle el máximo rendimiento.

Por otra parte, se trata de una variable que tiene sus propias leyes. El tiempo que requiere un trabajo crece en proporción al número de veces que se ha interrumpido o reanudado la tarea. Cuantas más interrupciones, más tiempo necesitaremos para su realización. Además, hay que tener en cuenta que programar actividades largas implica más dificultades que una actividad corta. Y esto es verdad no sólo por el cansancio y la monotonía, sino por el esfuerzo e interés que despierta y que obliga a una mayor concentración.

Por último, y sin ánimos de agotar el tema, hay que afirmar rotundamente que el valor de una tarea, de un trabajo concreto, no crece proporcionalmente al tiempo que se le dedica. Con demasiada frecuencia, resulta al revés. Y con demasiada frecuencia, tenemos que llegar a la conclusión de que, después de haber dedicado mucho tiempo a su realización, hemos estado perdiendo el tiempo.

Es cierto que en nuestra sociedad actual vivimos obsesionados por el reloj. Y no es cuestión de ser esclavos de él. Debemos tener claros los objetivos a alcanzar y dar prioridad a las tareas más importantes, dedicándole a cada una el tiempo apropiado.

Por eso, si no queremos llegar a la conclusión de que estamos perdiendo tiempo, tenemos que decidirnos de una vez por todas a programarlo. En otras palabras, tenemos que aprender a usar nuestra libertad para no ser esclavos del tiempo y para sacar de él el máximo provecho.

lunes, 21 de abril de 2008

NO ES ORO…

Gremio de Joyeros de Madrid ha estado trabajando con una consultoría en la búsqueda de cauces comunicativos que ayuden al sector a dinamizar su negocio. Algunas de las conclusiones de la primera parte del interesante estudio se publican, por primera vez, en este número de Contraste.
En este espacio editorial queremos hacer hincapié en una de ellas, que atañe especialmente a lo que busca el consumidor, que es en definitiva quien marca las pautas que cualquier sector ha de afrontar a la hora de hacerse competitivo. ¿Y qué ve mal el cliente? Pues que las joyerías son como castillos en los que se atrinchera el profesional. Los recelos que justificadamente tiene el profesional frente a la delincuencia pasan factura sobre el consumo. Al común ciudadano de hoy le gusta pasear por las tiendas y mirar sin que nadie le agobie, que le muestren las cosas sin compromiso.

Resulta difícil compaginar las medidas de seguridad y políticas de trato tradicional con los deseos del consumidor, si el sector no madura una estrategia consecuente. Y ella pasa por abrir la joyería a la moda y el diseño sin limitar su oferta a un segmento determinado de precios. Y más ahora que la alta cotización del oro está obligando a la contención, tanto en la oferta como en la demanda. La relojería ha sabido trabajar en ese filón que demanda especialmente la juventud,
en el que la marca, el diseño y la asequibilidad son factores de reclamo esenciales. Un ejemplo de ello está en la cadena de tiendas Watx, concebidas como espacios abiertos en los que el cliente puede ver infinidad de modelos y sólo, cuando necesite definirse, consultar.

Los consumidores también quieren normalizar el uso de la joya como complemento del día a día. Una joya en la que su valor se encierre, más que en el material con el que está realizada, en las sensaciones que transmita. Una joya que sencillamente reluzca para satisfacer nuestros sentidos.

martes, 15 de abril de 2008

TRES CUALIDADES CEREBRALES

Lo leí el otro día. Me llamó la atención. Y ahora quiero comentarlo con vosotros por si os sirve de utilidad. Se trata simplemente de una frase. Pero pienso que encierra una fuerte dosis de verdad. La frase decía sencillamente: "La biología humana impone que para liderar prevalezcan determinadas condiciones: la astucia, la persuasión y la audacia".

Si nos detenemos a examinarla, caeremos en la cuenta de que, efectivamente, se trata de tres cualidades esenciales. Y, aunque a primera vista puedan parecer muy divergentes, resultan totalmente necesarias para una praxis efectiva. Vienen a ser como tres raíces profundas, tres bases firmes, sobre las que debemos fundamentar todo el entramado de nuestro edificio empresarial.

¿Qué significa la astucia? El diccionario dice que una persona astuta es aquella "que tiene habilidad e ingenio para conseguir cualquier propósito". No se trata aquí de una no está reñida con la ética ni se opone a la deontología profesional.

Pero la astucia sola no basta. Necesita ir acompañada de otras cualidades. La habilidad y el ingenio para conseguir determinados objetivos no pueden prescindir de la persuasión.

Esa "capacidad de convencer o inducir con razones a una persona a que crea o haga una cosa" constituye igualmente una base firme y segura para la eficacia operativa.

Cuando una persona está segura o convencida de una cosa, su operatividad aumenta de forma extraordinaria, y produce en su entorno una irradiación fuertemente contagiosa. La facultad de persuadir o convencer constituye un elemento imprescindible para la eficacia en la acción, catapultando a las personas hacia la consecución de los objetivos propuestos.

Evidentemente, la astucia y la persuasión no anulan las dificultades ni eliminan los riesgos en su totalidad.

Los riesgos son algo que está ahí. Son algo con lo que siempre hay que contar. Pero no para asustarnos, sino para afrontarlos con audacia. No en vano la audacia se define como una "actitud osada y atrevida". Una actitud que es signo de valentía, pero que nos obliga a actuar siempre con realismo. No se trata de construir castillos de naipes sino de afrontar el futuro sin miedos ni temores, dispuestos a poner todos los medios a nuestro alcance.

Astucia, persuasión y audacia son, pues, tres actitudes biológicas fundamentales que debemos potenciar al máximo. La ingenuidad o la simpleza, la duda o la indecisión, la timidez o la cobardía son los grandes enemigos del éxito. Si dejamos que se adueñen de nuestra vida, estaremos condenando nuestra operatividad al más estrepitoso de los fracasos. No nos queda, pues, otro camino: seamos astutos, seamos persuasivos y seamos audaces. Si así lo hacemos, nos convertiremos en triunfadores.

jueves, 10 de abril de 2008

NI TESIS NI ANTÍTESIS; SÍNTESIS

Vivimos en un mundo de contrastes en el que la primera parte de la dialéctica hegeliana parece campar a sus anchas. La tesis y la antítesis están a la orden del día. Y esto acontece no sólo en el terreno de las teorías, sino que abarca todos los campos existenciales en los que nos movemos a diario. Para ser conscientes de ello basta con una somera mirada a lo que sucede en nuestro entorno.

A simple vista nos daremos cuenta de que los dualismos contrarios se han enseñoreado del ambiente provocando aceleradas crispaciones que no conducen a ninguna parte y que están haciendo que la atmósfera sea cada vez menos respirable. Con demasiada frecuencia nos situamos en la tesis o en la antítesis: derechas – izquierdas; conservadores – progresistas; madridistas – barcelonistas; centralistas – regionalistas; nacionales – nacionalistas… y así podríamos seguir casi hasta el infinito, posicionándonos en una de las dos alternativas, viendo la paja en el ojo ajeno y no observando la viga en el nuestro.

Nos posicionamos en la tesis o en la antítesis y no somos capaces de llegar a la síntesis. Incapaces de aplicar la lógica, adoptamos una de las posiciones, haciéndonos fuertes en ella y cerrando los ojos a la parte de verdad que anida en la contraria. Y, claro, los resultados se hacen sentir, de tal forma que la síntesis suele brillar por su ausencia en nuestra sociedad. La síntesis es la gran desconocida. En nuestro sector concreto tampoco somos ajenos a este fenómeno. Ante la tesis y la antítesis de joyería – bisutería, cada uno se posiciona en una de ellas, ignorando o excluyendo radicalmente a la otra. No nos damos cuenta de que necesitamos, hoy mas que nunca, llegar a esa síntesis de ambas que nos capacite para avanzar en una misma dirección. No podemos tratar de potenciar una excluyendo a la otra. Necesitamos urgentemente potenciar ambas para llegar a esa síntesis progresiva que nos haga a todos mas fuertes en la lucha diaria.

¿Qué cómo se realiza esa síntesis? No existen fórmulas infalibles. Cada uno tiene que buscar la suya. Yo desde aquí me limito a poner el dedo en la llaga, a llamar la atención sobre un mal que nos está afectando y que nos está impidiendo crecer. Joyería y bisutería no son dos realidades antagónicas condenadas a luchar entre ellas. Son dos realidades que están ahí, contrapuestas, pero llamadas a realizar esa necesaria síntesis. Cada una tiene sus objetivos, su campo de acción y sus valores específicos. Por consiguiente, cada una está llamada a desempeñar una función concreta, un papel y un rol insustituibles.

El problema se genera cuando una quiere suplantar a la otra, cuando una quiere invadir los campos específicos de la otra. Es entonces cuando surge esa guerra sin cuartel que, en lugar de construir y potenciar, destruye y debilita. Es entonces cuando las energías se orientan equivocadamente, provocando esa lucha sin cuartel que no conduce mas que a situaciones negativa fuertemente peligrosas.

Es hora, pues, de poner manos a la obra, de situarnos en una actitud realista y no excluyente que sea capaz de elaborar esa síntesis, imprescindible para avanzar. No se trata de amalgamar, sino de delimitar campos. No se trata de fundir ambas realidades sino de reconocer el papel de cada una. No se trata de mezclar sin más, sino de reconocer y respetar sus campos específicos. Sólo así podremos avanzar hacía ese mañana incierto con la seguridad de acertar.

lunes, 7 de abril de 2008

SOBREVIVIR

Lo dice el refrán: “O renovarse o morir”. Por eso, si queremos sobrevivir, tenemos que estar en una reestructuración permanente, en una renovación constante; con tres palabras, tenemos que estar en una actitud de búsqueda de adaptación al entorno y en una permanente actualización de estrategias.

Dicen los expertos que pocas empresas sobreviven sin actualizaciones permanentes más de cinco años. Sin actualización, cualquier empresa pierde su aliento vital y está condenada a perecer irremisiblemente. La historia nos dice también que no hay empresa que no se enfrente a una crisis. Antes o después, la crisis es una realidad que aparece siempre.

Podrá ser más superficial o más profunda, pero su presencia es como una espada de Damocles que pende sobre su cabeza y que amenaza a su corazón.

Los analistas de la fenomenología comercial afirman que hemos vivido unos años de vacas gordas y que hemos engordado las empresas de una manera muy artificial: con empleados, con activos, etc. Y ahora que se nos ha echado o se nos está echando encima el periodo de las vacas flacas, ¿qué? ¿Por dónde comenzamos los recortes? Ha llegado el momento de pensarlo seriamente. No se puede actuar a la ligera. Es necesario actuar con corazón y con cabeza, sopesando todos los pros y todos los contras. Una empresa que quiera ser grande dentro de su sector, tiene que saber actuar así. Y, además, tiene que hacerlo con agilidad, con rapidez. No puede dormirse en sus laureles. Tiene que saber posicionarse. Tiene que decidirse por un producto que sea capaz de atraer al cliente. Porque, queramos o no, hoy, el dueño de nuestra empresa no es el accionista sino el cliente.

Para eso debemos salir de nosotros mismos y observar qué es lo que acontece en el exterior. Sí, hay que mirar primero lo que pasa fuera de la empresa, no dentro. Y, después, tratar de acomodar nuestra empresa a las necesidades que dimanan de fuera.

Y lanzarse con toda la fuerza de la pasión a producir aquellos productos que colmen esas necesidades. Si es verdad que no se puede vivir de espaldas al pasado, también es verdad que no se puede vivir sólo de recuerdos. Es imprescindible una adaptación.

Es necesario recurrir a los instrumentos que los avances tecnológicos y científicos ponen a nuestro alcance. Pero también es necesario saber los derroteros por los que tenemos que avanzar. Alguien ha dicho que hoy vale más la inspiración que el control y que hay que saber rodearse de profesionales que cumplimenten y complementen los objetivos que nos hemos trazado. Esos que sólo se dedican a reafirmar nuestro ego suelen ser una rémora de la que hay que prescindir.

Otro aspecto a tener en cuenta es que hay que sorprender al cliente. ¿Y cómo? Dándole más de lo que espera recibir por lo que ha pagado. Aquel dicho de que “el cliente siempre tiene razón” puede ser aprovechado para superar con creces sus deseos y sus aspiraciones. Si somos capaces de aportarle más de lo que él espera, estaremos proyectando nuestro positivismo hacia unos niveles altamente superiores.

Por eso, si queremos tener buen éxito, tenemos que adaptarnos y promover los cambios. Lo bueno siempre se puede mejorar. Hay que saber convertir lo malo en bueno y lo bueno en mejor. No olvidemos que lo imposible es superable y deseable a la vez.