lunes, 10 de junio de 2002

LA CONFUSIÓN DEL SECTOR JOYERO

En nuestra sociedad postmoderna el sector joyero tradicional el sector está confuso. Afectado por esa terrible y lacerante enfermedad del desconcierto, le están faltando luces hará afrontar con garantía los nuevos retos. Y eso hace que tomar decisiones resulte cada vez más difícil.

Hoy no se puede dar nada por sentado. Los cambios de normas y las nuevas pautas de comportamientos comerciales están a la orden del día. La globalización no sólo ha tirado muchas barreras las barreras, sino que ha convulsionado y removido muchos cimientos. Y, claro, cuando las barreras y los cimientos desaparecen, las cosas -y las personas- flotan a la deriva. A nadie le debe extrañar.

Resulta urgente e imprescindible una toma de conciencia. Tenemos que saber tamizar las cosas. Hay que utilizar unos criterios y ordenar de nuevo las cartas para seguir jugando, para poder continuar en la lucha. Hay que clarificar las categorías y establecer una nueva escala de valores. Es la única manera de afrontar las dudas, las desconfianzas y las incertidumbres.

La idea fundamental es que en la vida hay que saber utilizar las propias capacidades mentales y no solamente las fuerzas físicas. También en este terreno es imprescindible utilizar una lógica objetiva. Ni los lamentos ni las reacciones puramente viscerales suelen dar buenos resultados.
Fijémonos en un detalle concreto: ¿Quiénes son nuestros clientes?. O, mejor todavía: ¿Qué es un cliente?.

A menudo pensamos que cada vez que hacemos una nota o una cuenta a un establecimiento, hemos hecho una venta. Y eso hoy ha dejado de ser verdad. La venta, la verdadera venta, no tiene lugar hasta que el cliente consumidor compra el producto en ese establecimiento.

Por eso, nuestro punto de referencia, nuestro primer objetivo tiene que ser siempre el cliente-consumidor. Sin él todos nuestros esfuerzos resultarán vanos e inútiles.

En este terreno, como en tantos otros, necesitamos ser realistas al máximo. Necesitamos analizar crudamente la realidad que nos circunda. Si así lo hacemos, nos daremos cuentas de que no solamente han variado los gustos sino que han cambiado las actitudes. Hoy cada cliente es un universo global. La fidelidad y la lealtad –a una persona, a una marca o a una empresa- ya no son lo que eran. Ahora impera la voluntad, no la proximidad ni la cercanía. ¿Por qué?. Sencillamente porque hoy todo está al alcance de todos. El consumidor tiene capacidad para elegir y tiene posibilidades para hacerlo cuando se le antoje.

¿Cómo suele efectuar esta elección?. ¿Qué productos suele consumir?. No cabe duda de que aquellos que están en su onda. Por eso, aunque su capacidad económica no sea muy pujante, siempre estará dispuesto a gastar sus dineros en aquello que le gusta. Su sacrificio y su esfuerzo van siempre orientados a adquirir y conseguir los símbolos habituales de su entorno existencial.
La definición histórica es nuestra asignatura pendiente. Debemos dejar a un lado la nostalgia y centrar la estrategia de nuestra producción en las necesidades del cliente.