martes, 26 de agosto de 2008

...LLEGÓ LA HORA DE LA VERDAD

Sí, digo bien; llegó la hora de la verdad, la hora H, la “hora veinticinco” Y, por favor, que nadie se sonría apáticamente creyendo que solo hablo de fantasmas teóricos. Hablo de realidades palpables y cuantificables. Por eso afirmo rotundamente que a algunos –ignoro si muchos o pocos- les ha llegado la hora de tener que cerrar el establecimiento. Pero ¿quiénes son esos?. Pues, sencilla y llanamente, los que no han sabido ponerse al día ni actualizarse; los que no han hecho los deberes a tiempo; los que oían los truenos y no sabían que detrás llegaría la lluvia; los que se han dormido placidamente en los laureles; y, en definitiva, todos aquellos que esperaban pasivamente la llegada de tiempos mejores y no creían que el cambio era real. Si son muchos o son pocos el tiempo lo dirá. Porque el tiempo es el que da y quita razones.

Sí, también ha llegado la hora de la verdad para el que estaba dudando de emprender una nueva etapa y ahora se ha dado cuenta que hoy es el día del pistoletazo de salida. Es la hora de la verdad para iniciar la escalada. Es la hora de la verdad para prepararse concienzudamente antes, durante y después de cada evento ferial. Es la hora de la verdad para convertirnos realmente en empresarios conscientes y responsables, cada uno a su tamaño, pero siendo profesionales cien por cien, siendo consecuentes con todo lo que esto conlleva. Hay un refrán castizo que dice: “nunca es tarde, si la dicha es buena”. Y otro que afirma: “mas vale tarde que nunca”. Ambos asertos populares aluden a un bien que, aunque se ha hecho esperar mucho, aporta siempre sus beneficios. El simple hecho de llegar, resulta siempre positivo. Con otras palabras, la ventura y la dicha son siempre positivas, aunque muchas veces lleguen con retraso.

Pero también es la hora de la verdad para los que han sembrado a tiempo y en tierra fértil. Es la hora de la verdad para comenzar a recoger frutos; para recolectar la cosecha de lo sembrado con esfuerzo e ilusión; para contemplar con fruición esos resultados crematísticos, tanto tiempo anhelados. Sin esfuerzo y sin correr riesgos, es imposible cosechar. “El que algo quiere, algo le cuesta”, dice el refranero. Y, muy gráficamente, añade aquello de que “no se cogen truchas a bragas enjutas” o “quien quiera peces, que se moje el culo”. Todo el que desea conseguir algo debe aceptar los trabajos, diligencias y sacrificios inherentes al esfuerzo para poder alcanzarlos. Algo similar es lo que expresa un proverbio chino que afirma: “quien quiera comer huevos, debe soportar a las gallinas”. Y William Shakespeare redundaba en la misma idea al afirmar que “quien desea comer la nuez, ha de romper la cáscara”.

Y no quiero terminar sin recordar, una vez más, que es durante las crisis cuando llegan las grandes oportunidades y cuando se cimientan y se fraguan las grandes fortunas. Por eso formulo en voz alta la siguiente pregunta: ¿Vamos a dejar pasar esta ocasión?. Delante de nosotros tenemos la gran oportunidad. No la dejemos escapar. Dejemos de pensar ya en el "pelotazo" y pongámonos a trabajar en el día a día con plena y total responsabilidad.