Los establecimientos de joyería se han llenado de relojes de oro.
La expresión del tiempo gracias al noble metal se ha dirigido en protagonista de las ventas. Si antes las vitrinas de las tiendas se repartían mitad para relojes y mitad para joyas, ahora se ha sumado la de relojes de oro. Eso sí, la mayor parte de las veces restando, o sea, ocupando el espacio que pertenecía, por derecho y costumbre, a las piezas clásicas de joyería como pulseras, anillos, pendientes, collares...
Este nuevo status quo plantea una serie de interrogantes, evidentemente más acuciantes para la parte del sector que se arrincona ante el empuje de la otra parte. ¿A quién pagarán las tiendas, al joyero o al relojero? ¿Hacia dónde van los joyeros?.
Es una verdad constatada. La relojería de oro está colapsando la economía del detallista, de la tienda. Pero el potencial de las empresas en el marco de la alta relojería, la creación de un ambiente que predisponga a su consumo... no han surgido de la nada.
No son casuales. Detrás hay estupendas campañas de marketing planificadas al milímetro e importantes inversiones publicitarias. Ante lo logrado, merece quitarse el sombrero y tomar nota, que hasta de la competencia se aprende.

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