Primero fue la caída de la “cultura del pelotazo” (¿recuerdan el serial protagonizado por Mario Conde?), luego el pinchazo de la “burbuja inmobiliaria”, y tras ella ha llegado una forzosa “economía sostenible”. También a nuestro peculiar entorno sectorial, incluso al considerado de alto nivel. De ésta última teoría todavía no hay resultados, pero nada nuevo bajo el sol. Atestigua una verdad tan antigua como el mundo. El exceso de ego del ser humano trae tales consecuencias, que más temprano que tarde hemos de aplicar una autocorrección a nuestra desmedida vanidad.
Ya lo explicó la Biblia con la metáfora de Sodoma y Gomorra. Así argumentó el profeta Ezequiel el porqué de la cólera divina cuando dice: “He aquí que ésta fue la maldad de Sodoma: soberbia, saciedad de pan y abundancia de ociosidad… y no tendió la mano al afligido y al menesteroso”.
Queríamos tocar lo intocable con nuestros dedos, zamparnos de un bocado todo lo que nos seducía, saciar nuestra sed de poder hasta la embriaguez… Mientras escalábamos hacia arriba, el mundo era como la Pampa, una extensión inabarcable capaz de colmar todos nuestros deseos, los conocidos y aún sin conocer.
Esta euforia empujada por la adrenalina de la conquista es más contagiosa que la gripe -A o no A-, y no entiende de edades, fronteras ni clases. Ahí estábamos todos. De gomina hasta las pestañas para ser como la “beautiful people”. Con hipotecas a plazos tan lejanos que ni una longeva vida podía otear… Esquilmando, en fin, como si la vida misma fuera un crucero donde lo más caro, lo último, lo más de moda era el objetivo a conseguir. Y una vez logrado, a la basura y a por más.
Hoy, las circunstancias han hecho trastabillar esa filosofía de vida. La coyuntura actual ha marcado un punto y aparte, un paréntesis en el mundo agitado que nos ha tocado vivir. Hasta esa identificación del lujo con la alta joyería y la más cara ha cambiado.
El lujo va en el interior, en la forma de ser de cada uno, en la manera de pensar, de obrar. En definitiva: es un lujo ser como somos. Cada cual ha de poner límite donde alcancen sus posibilidades, porque si algo no ha cambiado es que tenemos que saber donde estamos, quienes somos, lo que queremos y adonde vamos.
Antes los grandes consumidores de lujo eran los mayores, los bien posicionados, los “ricos”. Internet ha cambiado este fenómeno. Los nuevos caminos se abren para todos. Lujo no es inversión. La crisis nos lo ha hecho definir bien. Hasta hace poco las grandes inversiones del lujo eran en joyas, relojes, coches, etc. Hace muy pocos años se pasó al vestido, zapatos, bolsos, etc. ¿Quién aguanta mejor el tirón?
Estamos hablando de un sector industrial que nos invita a soñar. Pero hay que abrir los ojos y despertar, porque todo ha cambiado. Hay factores que lo indican. Los expertos pronostican que el mercado del lujo va a caer entre un 12% y un 15%. Hoy se dice que más del 80% de los consumidores está por debajo de los 50 años, ya no está reservado a los mayores.
Cada uno tenemos nuestra forma de ver el lujo. Yo diría que el lujo es la esencia de la satisfacción y tranquilidad de cada persona. Es un lujo vivir tranquilo y ser feliz con lo que cada uno tiene o puede. ¡Aprendamos a saborearlo!
Ya lo explicó la Biblia con la metáfora de Sodoma y Gomorra. Así argumentó el profeta Ezequiel el porqué de la cólera divina cuando dice: “He aquí que ésta fue la maldad de Sodoma: soberbia, saciedad de pan y abundancia de ociosidad… y no tendió la mano al afligido y al menesteroso”.
Queríamos tocar lo intocable con nuestros dedos, zamparnos de un bocado todo lo que nos seducía, saciar nuestra sed de poder hasta la embriaguez… Mientras escalábamos hacia arriba, el mundo era como la Pampa, una extensión inabarcable capaz de colmar todos nuestros deseos, los conocidos y aún sin conocer.
Esta euforia empujada por la adrenalina de la conquista es más contagiosa que la gripe -A o no A-, y no entiende de edades, fronteras ni clases. Ahí estábamos todos. De gomina hasta las pestañas para ser como la “beautiful people”. Con hipotecas a plazos tan lejanos que ni una longeva vida podía otear… Esquilmando, en fin, como si la vida misma fuera un crucero donde lo más caro, lo último, lo más de moda era el objetivo a conseguir. Y una vez logrado, a la basura y a por más.
Hoy, las circunstancias han hecho trastabillar esa filosofía de vida. La coyuntura actual ha marcado un punto y aparte, un paréntesis en el mundo agitado que nos ha tocado vivir. Hasta esa identificación del lujo con la alta joyería y la más cara ha cambiado.
El lujo va en el interior, en la forma de ser de cada uno, en la manera de pensar, de obrar. En definitiva: es un lujo ser como somos. Cada cual ha de poner límite donde alcancen sus posibilidades, porque si algo no ha cambiado es que tenemos que saber donde estamos, quienes somos, lo que queremos y adonde vamos.
Antes los grandes consumidores de lujo eran los mayores, los bien posicionados, los “ricos”. Internet ha cambiado este fenómeno. Los nuevos caminos se abren para todos. Lujo no es inversión. La crisis nos lo ha hecho definir bien. Hasta hace poco las grandes inversiones del lujo eran en joyas, relojes, coches, etc. Hace muy pocos años se pasó al vestido, zapatos, bolsos, etc. ¿Quién aguanta mejor el tirón?
Estamos hablando de un sector industrial que nos invita a soñar. Pero hay que abrir los ojos y despertar, porque todo ha cambiado. Hay factores que lo indican. Los expertos pronostican que el mercado del lujo va a caer entre un 12% y un 15%. Hoy se dice que más del 80% de los consumidores está por debajo de los 50 años, ya no está reservado a los mayores.
Cada uno tenemos nuestra forma de ver el lujo. Yo diría que el lujo es la esencia de la satisfacción y tranquilidad de cada persona. Es un lujo vivir tranquilo y ser feliz con lo que cada uno tiene o puede. ¡Aprendamos a saborearlo!

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