Alguien escribió que "en este cambio de siglo que estamos viviendo, nuestro mundo vive también una de las transformaciones más fuertes de su historia". Ese fenómeno que llamamos globalización, ha convertido aquel ancho mundo en donde vivían nuestros padres en una aldea global. Se trata de un mundo nuevo, distinto, un "global village" que con sus enormes capacidades de comunicación y transporte, pone en contacto inmediato culturas y pueblos distintos, venciendo no solo las barreras geográficas sino también las del espacio y el tiempo.
Las sociedades de nuestro mundo globalizado ya no son aquellas sociedades compactas y cerradas en las que sus gentes compartían una cultura homogénea. Las otras sociedades o culturas quedaban demasiado lejos. Había tantas barreras intermedias y resultaban tan desconocidas ayer mismo que eran consideradas como algo extraño y ajeno, generalmente "bárbaro" e "incivilizado".
En la actualidad esto ya no es posible. Muchas barreras han desaparecido y mucho muros han sido derrumbados. Hoy el acontecimiento más lejano nos entra por los ojos y por los oídos en el mismo instante en que se produce.
Estas nuevas circunstancias crean nuevas exigencias. Estas nuevas situaciones ha puesto a la orden del día la necesidad de reflexionar sobre nuestras pautas de comportamientos, tanto personal como gremial. Temas como la tolerancia, el respeto a las personas y a sus diferencias, el diálogo, la corresponsabilidad, la libertas y la objetividad deben ser tenidos muy en cuenta a la hora de analizar la ética de nuestras actuaciones concretas, sobre todo en su dimensión social.
La propuesta ética actual para el siglo XXI deberá presentarse al mismo tiempo como "defensora de la autonomía de la subjetividad humana y de la objetividad de los valores". Será la única forma de acompañar y estimular a una humanidad -y a cada persona humana- en su camino hacia una mayor plenitud.
En este terreno a todos nos queda mucho por aprender. Nuestros comportamientos éticos -tanto a nivel individual como colectivo- necesitan fundamentarse en una nueva escala de valores, capaces de proyectarnos hacia ese futuro soñado. Ya no se trata de desterrar muy lejos de nosotros la llamada "cultura del pelotazo", el amiguismo o la zancadilla traicionera. Estas formas de actuar pueden proporcionar en momentos puntuales éxitos súbitos. Pero no son capaces de sostener un proyecto empresarial de largo alcance o con garantías de futuro.
Cualquier organización, cualquier empresa, es ya desde su nacimiento una creación humana. Es una especie de criatura viviente, necesitada de mimos y de cuidados. Aunque sea una sola personal la que ha tenido la idea y la ha puesto en marcha, lo cierto es que necesita siempre de otras personas para lograr los objetivos propuestos. Deberá contar, en primer lugar, con empleados que sepan desempeñar las diferentes funciones o tareas. Deberá contar, también, con proveedores que le suministren las materias primas para poder elaborar los productos. Y, finalmente, deberá contar con clientes que adquieran las mercancías y/o soliciten los servicios que la empresa proporciona.
Por eso la rentabilidad económica no debe ni puede ser el motor exclusivo de las decisiones empresariales. Las personas son más que simples máquinas de producir. De ahí que la ética empresarial nos exija tratar a los demás como personas, con todas las exigencias que esto conlleva en la práctica.
Para ello será necesario comenzar fomentando los valores de libertad, autonomía, tolerancia, creatividad y responsabilidad. Al mismo tiempo, habrá que fomentar y potenciar al máximo la motivación, el espíritu de lucha, el trabajo en equipo, la cooperación mutua, el apoyo optimista y animoso, la vitalidad y la seguridad que brotan del convencimiento de lo que uno trae entre manos. La fe en la propia capacidad y la confianza en la bondad o valía del producto ofertado son siempre garantía de triunfo.
Teniendo como meta estos objetivos y poniendo los medios adecuados para lograrlos, estaremos proyectando hacia el exterior una imagen coherente y atractiva de nuestra propia empresa y del colectivo del que formamos parte. Y con ello estaremos potenciando su aceptación, su fuerza y su dinamismo en el entorno sociocomercial en el que nos toca vivir y actuar.
Una actuación y un comportamiento diario siguiendo unas pautas éticas correctas, acarrean innumerables ventajas a corto, medio y largo plazo: hace mejorar socialmente la imagen corporativa y repercute positivamente en la cuenta de resultados. No olvidemos que "la piedra más firma de la estructura está en la parte inferior de los cimientos" y que "el progreso empieza con la creencia de que lo necesario es posible".

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