Se ha afirmado, por activa y por pasiva, que “el hombre es un animal de costumbres”. Y la palabra “costumbre” -derivada del vocablo latino “consetudo”- hace referencia a esa “manera de obrar establecida por un largo uso o adquirida por repetición de actos de la misma especie”.
¿Somos así los joyeros?. Por supuesto que somos así, no me cabe la menor duda. Hemos sido y somos así incluso en este fin de siglo que nos ha tocado vivir, con un final de régimen, con una gran crisis ideológica y estructural, con un reciente cambio de moneda, con un profundo cambio de costumbres.
Y el problema principal no está en que hemos sido y somos así. El problema se acrecienta porque continuamos empeñados en seguir siendo así. No nos damos cuenta -no queremos darnos cuenta- de que las cosas ya nunca volverán a ser como eran antes. Hemos sido afortunados en muchas cosas y no lo queremos ver ni reconocer. Hemos visto levantar el muro de Berlín y lo hemos visto destruir piedra a piedra. Hemos visto levantar las Torres Gemelas y las hemos visto derrumbarse estrepitosamente. Hemos visto la llegada a la luna, la llegada de Internet, la globalización, la unidad europea, la desaparición incruenta y nada traumática de la peseta... Hemos visto y vivido tantas y tantas cosas.. Y, sin embargo, nosotros seguimos como antes.
Por supuesto que nadie es perfecto. Aquí no se trata de ser valientes sin más, ni temerarios. Se trata de ser realistas al máximo. Y, consiguientemente, de tomar decisiones congruentes, lógicas y apropiadas, serenas y nunca dominadas por el miedo, el temor o la cobardía.
“Que no nos compren por menos de nada. Que no nos vendan por amor sin espinas. Que no nos duerman con cuentos de hadas. Y que no nos cierren el bar de la esquina”. Esto es lo que dice Joaquín Sabina. Y tal vez tenga razón en su crítica. Los joyeros parece que estamos encantados de habernos conocido a nosotros mismos, de autocomplacernos en nuestras propias virtudes y que nadie nos tiene que enseñar nada.
Con demasiada frecuencia nos consideramos el ombligo del mundo. Y no nos damos cuenta de que los epicentros del cosmos han cambiado de lugar y de situación. Permanecemos inamovibles porque nos consideramos invencibles. Y no nos damos cuenta de que debajo de nuestros pies va desapareciendo la tierra firme.
Es cierto que hemos sido autodidactas, francotiradores, guerreros solitarios, anacoretas comerciales, caballeros medievales del honor y la elegancia social. Pero los tiempos han cambiado y ya no podemos seguir quemando todas nuestras energías y todas nuestras potencialidades –o las más importantes- en mantenernos inamovibles, en defender nuestro status costumbrista.
El hombre es un animal de costumbres, ciertamente. Pero es mucho más que eso. Es, ante todo y sobre todo, un ser inteligente y libre, capaz de cambiar, de tomar decisiones responsables, de abrir puertas y ventanas, de respirar aires nuevos y renovadores, de infundir vitalidad y energía a su rutina existencial, de hacer volar sus sueños para que cristalicen en realidades crematísticas, palpables y cuantificables en euros.
¿Qué toda decisión implica un riesgo?. No cabe la menor duda. Pero por eso y para eso están la inteligencia y la voluntad: para poder sopesar y, después, decidir.
Cuando tenemos las ideas claras, es cuando mejor y más seguros nos sentimos a la hora de tomar decisiones, por muy arriesgadas que éstas sean. La lógica posee una fuerza aplastante, generadora de esa energía vital que nos impulsa a salir de nuestras rutinas y de nuestras monotonías. La vida, cada vida, es un camino. Y el camino se hace al andar. Es necesario roturar nuevas tierras y trazar nuevos surcos. La aventura del siglo XXI no ha hecho más que comenzar. No esperemos a mañana para tomar parte activa en ella.

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