martes, 12 de marzo de 2002

Condenados al cambio

El colectivo de profesionales de la joyería formamos lo que podemos denominar “la España joyera”. Se trata de una realidad muy pequeña, casi minúscula en el panorama nacional. Pero en ella hay mucho de todo. Parecemos estrellas en el inmenso firmamento. Somos casi insignificantes. Y, sin embargo, nos estamos ahogando en un mar de dudas asfixiados por los cambios que nos echan encima.


¿Somos demasiados?. ¿Tenemos demasiado?. El problema no estriba en que seguimos aumentando y exigiendo cada vez más y más. El problema hay que situarlo en otra dimensión mucho más personal e intimista que afecta a nuestra manera de ser y de estar. En efecto, no nos damos cuenta de que lo que realmente nos hace falta es una verdadera y radical transformación, un nuevo replanteamiento. Urge un reajuste de todas y cada una de las piezas del motor joyero. Sólo así la joyería emprenderá su rumbo hacia una nuevas metas.


Vivimos en la época del “más”: más para elegir, más para consumir, más oportunidades, más competencia y, también, más incertidumbre. Hoy tenemos saturación de todo. Seamos realistas en reconocerlo así. Y reconozcamos igualmente que todos estamos y nos sentimos saturados. Nuestro sector vive la edad de la abundancia hasta tal punto que se nos está indigestando. Tenemos tanta abundancia, tanta diversidad de todo, que ya todo nos parece igual. Nos da lo mismo que nieve o que haga sol. Nos hemos instalado en la apatía y la desgana, cuando no en la desilusión. Somos “pasotas” hasta para la esperanza.


El problema es palpable si miramos lo que acontece en el mundo de la joyería. Pero si dirigimos la vista hacia la relojería, seguramente que el problema lo veremos aumentado. Desde un terreno neutral y con un análisis imparcial el panorama que se puede divisar es altamente preocupante. El globo está tan hinchado que está apunto de explotar. Y tal vez sea eso lo que nos haga más falta: que explote de una vez para ver de qué manera se puede recomponer todo lo que hay dentro.


Nuestros casi 40 millones de habitantes han pasado de tener para escoger (cada uno en su nivel) entre 20 o 30 marcas, a disponer ahora de más de un centenar. Si hasta hace poco la posibilidad de elección fluctuaba entre 100 y 150 productos de joyería, hoy cualquiera tiene a su disposición miles y miles de artículos, a cada cual más atrayente y apetitoso.


A todo esto tenemos que añadir todavía otra realidad acuciante. Vivimos en un mundo en el que impera la publicidad, el marketing. Como en la selva, aquí la ley de la publicidad se come al que no la hace. Y, sin embargo, el joyero de este tema no quiere hablar ni oír hablar. Le resulta más fácil perder el tiempo en criticar a los que avanzan, a los que cambian de sistema, a los que entren en nuestro campo a competir y luchar con nuevas armas. ¿Acaso creemos que con nuestros lamentos de plañideras vamos a solventar el problema?. ¿Acaso pensamos que colocando granitos de arena delante de sus potentes locomotoras, les vamos a impedir la entrada?.


Aquí tenemos que recordar una vez más el tema de las grandes superficies. No por nuestras protestas -por muy justas que las veamos- van a dejar de vender productos joyeros. Fijémonos en lo que sucede con los automóviles, con los productos de informática, con la telefonía móvil... ¿Por qué siempre pensamos que los joyeros somos diferentes o de otra galaxia?.


Todos podemos observar como en televisión se realizan fortísimas inversiones para subir las audiencias. Y nosotros ¿qué hacemos para incrementar la afluencia a los establecimientos joyeros?. ¿Hemos diseñado alguna campaña a nivel nacional o autonómico para captar posibles clientes?. ¿Cómo utilizamos el tirón que tienen los días señalados, las fiestas comerciales?.


Queramos o no, hay muchas cosas que están cambiando. Hoy tenemos nuevos trabajos, nuevos servicios y se nos ofrecen nuevos y novedosos productos. Estamos en un constante cambio de gustos. Se mueve todo a gran velocidad. Antes eran las empresas productoras las que ofertaban al cliente lo que se podía adquirir. Ahora es el consumidor el que indica a la empresa lo que debe producir. Las leyes de la oferta y la demanda se han trastocado.


Los mercados están cada vez más perfeccionados. Y el resultado de todo ello es una competencia total, feroz a más no poder. Hoy y aquí más que nunca el cliente es más que un rey. Cuando el cliente habla -consume- tenemos que estar preparados para saltar alto y rápido. De lo contrario otro se nos adelantará. O cumplimos los deseos del cliente o pronto estaremos fuera de combate.
Es cierto que hay mercado para todos. Pero ese mercado potencial hay que prepararlo, hay que trabajarlo al máximo, hay que mimarlo. Es el mercado el que impone su leyes, sus reglas de juego. Aquí ahora no tenemos que dominar el mercado. Tenemos que penetrar en las mentes y en el corazón de las personas. Tenemos que saber crear necesidades vitales. Tenemos que hacernos imprescindibles.


Para ello necesitamos proporcionar a nuestros posibles clientes abundantes dosis de experiencias inmediatas, de vivencias intensas y rápidas. Y necesitamos hacerlo “ya”, ahora mismo, antes de que resulte demasiado tarde. ¿Por qué?. Porque “el tiempo es la religión actual”. Porque somos adictos a la velocidad. Porque no disponemos de más tiempo. Porque vivimos en directo y a toda prisa... Y porque si no lo hacemos nosotros, otros se nos adelantarán.


En este terreno, al igual que en otros muchos, el tiempo nos trata despiadadamente. No le importa nuestra tristeza ni le preocupan nuestros problemas. Ya lo decía Eurípides hace muchos siglos: “El tiempo no se ocupa de realizar nuestras esperanzas. Hace su obra y levanta el vuelo”.

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