Leía hace unos días en la prensa un editorial sobre el ruido. Y me ha hecho reflexionar. Entre otras cosas, porque en nuestro sector hay mucho ruido y muchos ruidos: Ruido y ruidos que no nos dejan escuchar esas otras notas que constituyen la base de la sinfonía que el sector debe tener como melodía propia y distintiva, como signo de identidad.
Suelen ser ruidos independientes que llegan de cerca y de lejos. Pero son tan fuertes y fuera de tono que impiden cualquier intento de orquestar los acordes necesarios para realizar una buena canción que active el sector. En nuestro entorno no solo pululan baterías de murmullos gremiales más o menos lógicos. Con frecuencia podemos percibir también invasiones de ruidos indeseables e insolentes que se nos cuelan por todas partes.
Ha llegado la hora de guardar silencio, de cerrar los ojos, taponar nuestros oídos y escuchar los latidos íntimos de nuestro interior. De esto saben mucho los ciegos, pero por necesidad. Y no olvidemos que también nosotros nos vemos afectados con frecuencia por esa terrible enfermedad de la ceguera pus “no hay peor ciego que el que no quiere ver”.
Si intentas dejar la mente en blanco, percibirás los ruidos de otra forma. Y entonces tal vez esos ruidos que te llegan del exterior, te suenen como una sinfonía de Beethoven. Sólo sabiendo escuchar, sabiendo percibir, será posible construir esa melodía vital; una melodía que enriquece la verdad y que termina encandilando a quien la escucha atentamente.
Para ello debemos ser capaces de percibir todos los sonidos que nos llegan de nuestro entorno. Debemos escucharlos atentamente y sopesar toda su gama de matices. Seguro que encontraremos en ellos un sentido nuevo y novedoso que nos ayudará a resolver muchos de los problemas en que estamos inmersos.
Debemos hacer que esos ruidos y murmullos, esos comentarios sueltos -colectivos o aislados- que nos llegan, no nos ofusquen ni la mente ni el corazón. Al contrario, debemos conseguir que se vayan introduciendo en nuestras cabezas, que ganen matices de ternura y que penetren íntimamente en nuestra sensibilidad.
Nuestra profesión necesita fuertes dosis de humildad, de ternura, de amor. De lo contrario, seguiremos metidos en una desenfrenada carrera sin saber a donde nos conduce, abocados trágicamente a un alocado y abismal devenir.
Cuando el mundo se debate entre espectaculares gritos, cuando tantos ruidos ensordecedores dominan nuestro entorno, hay que analizar por separado cada ruido que se escucha. Ha llegado el momento de rescatar y revitalizar las sensaciones más auténticas. Esas sensaciones, conformadas con metales nobles, piedras preciosas y mucho amor, formarán en perfecta sintonía esa melódica creación musical capaz por sí sola de crear ese embrujo operante y operativo que termine de una vez por todas con nuestra amorfa atonía.
La mejor y mayor arma que podemos y debemos utilizar es conocer nuestros límites, nuestras carencias. Pero también nuestros talentos, que en joyería hay muchos y algunos están muy escondidos. Hay que sacarlos a la luz. Hay que saber utilizarlos en beneficio de todo el sector. Es la única forma ser útiles a título individual y colectivo.
En resumen, debemos aprender a escuchar y después... tomar algunas dosis de humildad. El sector lo necesita a gritos.

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