Ahora es así. O tal vez siempre fue así. A lo mejor es que no nos dábamos cuenta. Todos tenemos que emplear nuestras mentes para crear riqueza. El principal medio de producción es nuestro cerebro. Todo depende del intelecto.
John F. Kennedy afirmó que el cerebro es el ordenador más extraordinario. Los hombres somos capaces de ser creativos, de descubrir ideas, de inventar y, también, de sentir emociones. Los ordenadores, aun no. El cerebro humano es el mecanismo perfecto. No solo pertenece a nuestro yo sino que lo controla y lo gobierna de forma autónoma. Y sin embargo a nuestro cerebro no lo controlan ni los accionistas de la compañía ni los inversores. Mal que nos pese, cada uno de nosotros somos los dueños de nuestras mentes.
Nuestro cerebro es capaz de desplazar a la materia prima, al trabajo duro y al capital. Pero, sobre todo, es capaz de crear. Y lo hace para que otros cerebros disfruten de sus creaciones. Todas las creaciones importantes deben su éxito a algún cerebro más o menos privilegiado.
A lo largo de la historia hubo varias revoluciones tecnológicas e industriales. Tanto en su génesis como en su desarrollo aparece siempre una revolución ideológica. Hoy estamos experimentando otra nueva revolución. Y lo que la diferencia de las anteriores es, tal vez, la velocidad.
Por otra parte, se dice también que el conocimiento es el nuevo campo de batalla de la era actual. Por consiguiente, si queremos sobrevivir en cualquier faceta, nuestros conocimientos tienen que seguir aumentando día a día. Es ley de vida.
Hoy Internet hace que todos podamos acceder desde cualquier sitio y en cualquier momento a cualquier cosa y en cualquier lugar. Estamos condenados a estar permanentemente sobreinformados.
Hasta no hace mucho, cualquier joyero podía tener un conocimiento o una idea en exclusiva. Hoy ya no es posible esa reserva, esa propiedad oculta. Antes una idea tardaba varios años en ser copiada. Hoy puede serlo al instante.
Los joyeros tenemos que darnos cuenta de que la revolución que estamos viviendo, es mucho más intensa que las anteriores. Es la propia naturaleza de la sociedad la que se está transformando a pasos agigantados.
Vivimos en una crisis permanente. Todo lo tradicional está cambiando: las formas de nacer las cosas y de presentarlas, las ideas, las estrategias, las aspiraciones, las expectativas... Todo es distinto. La manera de gestionar los negocios ya no es la misma. Los espacios para desarrollar nuestro trabajo son mucho más amplios... En una palabra, la aldea global es mucho más que una realidad virtual.
Lo he dicho en más de una ocasión. Pero creo necesario repetirlo una vez más. En esta aldea global en la que vivimos no podemos hacer las cosas solos. Tenemos una necesidad ineludible de buscar compañeros de trabajo. Es la única manera de sobrevivir.

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