Sé tú mismo dijo el sabio. Y ésta es la principal tarea existencial de cada persona.
Aunque todos somos iguales, también todos somos distintos. Cada uno tenemos nuestro potencial diferenciador que es necesario explotar.
En un mundo tan competitivo como el nuestro, ser diferente es la clave. Nuestro sector depende de gente que tiene ideas, que sabe planificarlas y que quiere llevarlas a la práctica.
Esta exclusividad -esta personalidad comercial, diría yo- proviene de elementos muy variados, ideas, lógica comercial, marketing, formas de trabajar, etc. Para triunfar hay que tratar de ser diferentes en algo, o si se puede, en todo. Hay que hacer algo distinto a lo que hacen los demás. En la diferencia y con la diferencia puede llegar el éxito. Sí no somos diferentes de los demás, solamente veremos lo que ellos ven y sólo oiremos lo que ellos oyen. Las ideas serán las mismas y nuestros productos será iguales a los suyos. Y esta normalidad, esta vulgar monotonía puede llevarnos a una abulia y a una apatía incurables, que desembocarán en un estrepitoso fracaso o en una total bancarrota.
Claro que para adquirir esta personalidad comercial propia es necesario aceptar y correr riesgos: riesgos empresariales y riesgos personales. Ya lo dice el refrán: el que algo quiere, algo le cuesta. Tampoco aquí es posible nadar y guardar la ropa.
Estamos en la era de la abundancia y de la velocidad. Las novedades duran muy poco. La capacidad de copiar es enormemente rápida. La rutina es muy contagiosa. La tecnología moderna hace que las empresas se parezcan cada vez más. Todos se inspiran en los mismos libros, en los mismos canales de comunicación, en la misma red. Las empresas son clones. Se parecen cada vez más.
Capacidad imaginativa
Sólo hay una manera de ser diferentes: tener imaginación para generar nuevas ideas, nuevos proyectos. Debemos basar el éxito de nuestra empresa en la constante innovación. Necesitamos capacidad imaginativa para generar nuevas emociones. Hay que competir con los sentimientos y la fantasía. Hay que llegar al corazón. En la vida no todo es materialismo, no todo son valores crematísticos. La gente tiene necesidad de poesía, de arte, de desarrollo emocional.
Hay quien afirma que la emoción y la imaginación son el camino hacia el futuro. Es urgente que busquemos la satisfacción personal del consumidor de nuestros productos. Al cliente hay que atraerlo emocionalmente. No basta con ofertar sin más. Hay que saber llegarle al corazón, al alma.
Cuando una mujer compra una barra de labios, unas gafas o una joya, no compra el producto físico. Compra la esperanza de que alguien le diga que está más guapa. Si nos lanzásemos a hacer una encuesta preguntando a la gente porqué adquiere un producto concreto, nos llevaríamos enormes sorpresas. Las respuestas serían muy diferentes de lo que el vendedor está esperando o imaginando en esos momentos.
En esta creación de emociones influyen muchos elementos pero especialmente la marca. Porque la marca es algo que da confianza y seguridad, sin olvidar el reconocimiento y el prestigio social que conlleva.
Un gran patrimonio
Todos los productos pueden y deben tener una marca. La marca es como su patente. Pero es también un potenciador de sentimientos, de ilusiones. En cada marca puede y debe estar la fuente y el origen generador de esas vivencias y esos sentimientos íntimos. Una empresa con marca, aunque en un determinado momento se quede sin bienes materiales, tendrá siempre un gran patrimonio: el valor de su marca. ¿Saben cuánto vale Coca-Cola? Dicen algunos que seis billones de euros.
En nuestro sector todos deberíamos hacer un análisis y preguntarnos: ¿Cuánto vale nuestro negocio sin ninguna pieza física en los almacenes? Si sólo dependemos de los stocks almacenados, puede que nuestro futuro no sea nada halagüeño. Nuestro potencial debe radicar en otras cosas...
Las ideas, las ilusiones, la creatividad son el motor que nos puede catapultar hacia un mañana de horizontes abiertos. Por eso, en medio de esta nebulosa que nos asfixia, no debes buscar fuera lo que está dentro de ti. Trata de ser tú mismo. Explota al máximo tu propio potencial diferenciador.

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