A pesar de que el tiempo corre muy veloz, la palabra globalización sigue estando de moda y sigue provocando división de opiniones, a veces enconadas. A menudo oímos hablar de globalización como si fuese una promesa segura y una patente indudable de nuevas oportunidades y de ilimitadas posibilidades. Y a menudo también oímos hablar de ella de una manera crítica, furibunda, e incluso airada. Aunque a fuerza de sinceros, hay que reconocer que la mayor parte de estas críticas negativas no van dirigidas directamente contra la globalización en sí sino contra determinadas maneras de entender y llevar a la práctica la globalización.
Queramos o no y sea cual sea nuestra opinión personal, lo cierto es que muchos de los fenómenos sociales que nos afectan y muchos de los problemas que nos acucian, sobre todo en el campo comercial, mantienen una estrecha relación con esa realidad polivalente llamada globalización. Por eso seguimos hablando de ella. Y por eso tendremos que seguir hablando de ella.
El mundo ha cambiado y sigue cambiando a pasos agigantados. Las novedades llegan raudas. Los problemas a los que tenemos que hacer frente o son nuevos o se nos presentan bajo estructuras nuevas o se manifiestan con un grado de interrelación y complejidad inusuales e inusitados.
La necesidad de nuevos planteamientos
Todo esto exige de nosotros una reflexión nueva y unos planteamientos diferentes. La manera actual de enfrentarse a estos problemas nos sitúa ante la necesidad ineludible de abrirnos a nuevos parámetros. No podemos permanecer impasibles. No podemos anclarnos en la rutina ni dedicarnos a esperar pasivamente a que amaine el temporal. Eso sería condenarnos al más rotundo de los fracasos. Es ley de vida ²o renovarse o morir². No queda otra alternativa.
Nuestro mundo, el de cada uno de nosotros, se ha ampliado. Ya no se trata de nuestro pequeño mundo, limitado y delimitado, ceñido a unos parámetros muy concretos y reducidos. Hoy todo lo que nosotros hacemos y todo lo que acontece en nuestro entorno cercano influye en otro lugar distante. Y, al revés, todo lo que sucede en cualquier punto lejano del planeta, repercute en nosotros y e nuestro entorno. En este sentido alguien escribió con razón que 'todos los hombres y mujeres compartimos la biosfera como espacio común e interconectado'.
Nuestro mundo de hoy es plural y pluralista. En él convivimos personas que pensamos de manera distinta, procedentes de distintas tradiciones socioculturales e, incluso, ideológicas. Y nuestro gremio –nuestro querido gremio joyero- no es ajeno a esta realidad. Aunque navegamos en el mismo barco y, a grandes rasgos, todos sabemos el rumbo que debemos llevar para poder llegar a la meta. No siempre estamos de acuerdo en las medidas que debemos adoptar ni en los instrumentos que debemos usar. Y no cabe la menor duda de que esto complica la solución de los problemas comunes.
Un punto de partida
Por eso resulta tan urgente intentar ponernos de acuerdo en lo mínimo, en lo elemental, en lo básico. Es el punto de partida para poder iniciar un proceso eficiente y eficaz que nos lleve a programar el hoy con perspectivas de mañana.
¿Cuál es ese punto de partida?. ¿Cuál puede ser ese mínimo elemental?. Pienso sinceramente –y así lo manifiesto por escrito- que nos urge comenzar por lo que podríamos llamar globalización de mentalidades. Si, necesitamos salir de nuestra rutina y adoptar todos y cada uno una mentalidad acorde con los tiempos en que nos ha tocado vivir. Necesitamos abandonar nuestro costumbrismo mercantil y adaptarnos a las estructuras actuales. En una palabra, necesitamos actualizarnos nosotros y actualizar nuestras empresas.
Mientras no seamos conscientes de esta necesidad, mientras no nos decidamos por cambiar de mentalidad, todo lo que hagamos serán parques o remedios que a la larga –y también a la corta- no conducen a nada. Sólo globalizar mentalidades, seremos capaces de aunar esfuerzos para avanzar.

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