Entre lo real y lo virtual
Vivimos en un mundo en el que la velocidad y las prisas nos agobian. Y esto afecta también a nuestra manera de hablar, de dialogar. Queremos decir tantas cosas y tenemos tan poco tiempo que atropellamos las palabras. Hablamos tan deprisa que casi no ponemos atención en lo que decimos. Corremos tanto hablar que la palabra va más veloz que la mente.
Vivimos en un mundo en el que la velocidad y las prisas nos agobian. Y esto afecta también a nuestra manera de hablar, de dialogar. Queremos decir tantas cosas y tenemos tan poco tiempo que atropellamos las palabras. Hablamos tan deprisa que casi no ponemos atención en lo que decimos. Corremos tanto hablar que la palabra va más veloz que la mente.
A veces, a los buenos vendedores se les cuelan palabras que no son suyas y que, en ocasiones, nunca habíamos escuchado. Con demasiada frecuencia cogemos fórmulas de otros: de anuncios, de slogans. Utilizamos expresiones que, si no están bien aplicadas, pueden llegar a ser verdaderos disparates.
Nos hemos convertido en autómatas, en máquinas programadas. Hablamos como si fuésemos un manual de trabajo, de marketing. Lo fidelizamos todo. Lo queremos “personalizar” todo. Y, con más frecuencia de la debida, metemos la pata soberanamente. Queremos presumir de “progres”, de estar al día, de adelantarnos al futuro. Y lo hacemos sin afirmar primero los pies.
Lo he dicho muchas veces en público y en privado: el futuro ya está aquí. Pero este problema no se soluciona simplemente por conocerlo. Hay que dar los pasos oportunos, todos lo que resulten necesarios. Las prisas y los saltos en el vacío no son buenos consejeros. A veces, por ir más deprisa, queremos ahorrar y buscamos atajos. Y, claro, se nos borra el camino, se nos esfuma la ruta y nos quedamos cada vez más perdidos, más desorientados, más desnortados, sin saber a donde ir ni por donde avanzar.
Con tantas prisas se nos olvida con demasiada frecuencia lo más elemental. Ya no sabemos utilizar los cauces normales para conocer a la gente, para comunicarnos, para dialogar, para construir esos vínculos de empatía, tan necesarios e imprescindibles en nuestro diario quehacer. Los COM, NET, ES, etc. nos han trastocado los caminos reales de siempre. Estamos llegando a la relación sin relacionarse, a la despersonalización más absoluta. Así por ejemplo en el amor algunas parejas ya sólo se conocen “chateando”.
El papel de la técnica
Para objetivos determinados, para metas concretas, las técnicas modernas específicas resultan eficaces; pero otras veces no lo son tanto. Incluso nos pueden abocar a situaciones límite en las que nos vemos implicados al desconocer los aspectos más fundamentales del “otro”, de ese “tú” que tenemos delante y con el que pretendemos contactar y sintonizar.
En los negocios pasa más de lo mismo. Sin embargo en ellos, si la ética y la seriedad imperan, esas técnicas pueden tener su valor y su efectividad y pueden resultar muy rentables.
Se acabó aquel apretón de manos para cerrar un trato. Hemos perdido humanidad. Hemos convertido las cosas virtuales en reales. Y por mucho que nos empeñemos, entre ambas hay diferencias abismales. Un beso... ¿es igual real que virtual?. Aunque el gusto y el placer los podamos imaginar cada uno a nuestro antojo, todos podemos experimentar que no es lo mismo.
Como las prisas nos agobian y no tenemos tiempo de cultivar compañías reales, las sustituimos por virtuales. Ahora bien, que le pregunten al propietario de un establecimiento si es lo mismo el contacto personal con un buen agente comercial o la frialdad de un contacto virtual. Por mucho que nos empeñemos, no podemos sustituir uno por otro. No se trata de embarcarnos en una elección excluyente. Creo sinceramente que los dos deben ser complementarios. No deben sustituir sino ayudar.
El valor insustituible de la persona
Por consiguiente, no pretendemos convertir en un fin lo que solamente es un medio. Los códigos de conducta ya están dictados. No podemos inflar el protagonismo de esos medios que los avances técnicos nos brindan y ponen a nuestra disposición... Por mucho que nos empeñemos, nunca podrán sustituir a las personas.
¿Recuerdan que algunos agoreros vaticinaron la muerte inminente del cine cuando se inventó la televisión?. También con el invento de internet se llegó a predecir el final no lejano de los libros, del papel y de la propia televisión. Sin embargo todos vemos y comprobamos que no es así. Cada uno sigue ocupando su espacio vital, desempeñando en él una función relevante e insustituible.
Una vez más se impone el sentido común. Lo que tenemos que hacer es comenzar por colocar cada cosa en su sitio. La técnica hay que saber utilizarla y dominarla antes de que ella nos trague o nos conquiste a nosotros. Si queremos prosperar, no podemos oponernos por sistema a los avances técnicos. Debemos saber utilizarlos cada vez más. Pero teniendo presente siempre que la última decisión es nuestra. Sin nosotros esa técnica no tendría sentido. EL ser humano es y será insustituible.

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