Dice el refrán -y no suele equivocarse- que "el tiempo todo lo cura". Y, con frecuencia, lo hace tan de prisa que las heridas sanan en falso, haciendo que la curación sea solo aparente. También dice el refrán que "no hay mal que cien años dure", para, a continuación, añadir: "ni cuerpo que lo resista".
Por desgracia todos somos muy propensos a olvidar, sobre todo cuando se trata de males ajenos. Por desgracia y como casi siempre, ya estamos echando en el saco del olvido los últimos eventos luctuosos que ha sufrido nuestro sector. Pasada la tormenta, superado aquel fuerte golpe anímico después de la muerte de tres relojeros (toda una familia) en Castelldefels, ya estamos cayendo de nuevo en el olvido sepulcral. La prosaica rutina diaria es una tremenda cortina de humo que viene a tapar la dura y cruenta realidad.
Los joyeros tenemos fama de ser un sector rico y pudiente, un sector económicamente bien fortalecido. Por desgracia esto, a pesar de ser una gran mentira en la mayoría de los casos, constituye un atrayente cebo para los amigos de lo ajeno y un potente generador de riesgos. Tanto es así que, no sin ciertos aires de tragedia, alguien ha dicho que los de nuestro gremio somos los más ricos del cementerio. Según resaltan a diario los medios de comunicación, se cuentan por miles los atracos a joyerías, y en bastantes ocasiones con muerte incluida.
Ante esta triste y trágica realidad, a nadie puede ni debe extrañar que nos formulemos en voz alta una lacerante pregunta: ¿Qué hacen nuestras autoridades, aparte de cobrarnos más impuestos que a nadie? Y cuando intentamos responder a ella, tenemos que reconocer dolorosamente que, con demasiada frecuencia, sus cantos de sirena nos entran por los oídos provocando en nosotros una acuciante intranquilidad, fruto de la propia experiencia. Nos dicen que estamos en el sector del lujo con el IVA más alto. Pero, a la hora de comprometerse con nuestro sector, miran para otro lado y tratan de desviar la atención hacia otros problemas, la mayoría de las veces ficticios, para que la sociedad ignore todo lo que realmente acontece en nuestro pequeño mundo.
Se dice -y estoy convencido de que es la pura verdad- que la unión hace la fuerza. Pero esta unión no consiste solamente en salir un día a la calle y manifestar con fuerza nuestra repulsa ante determinados acontecimientos luctuosos y trágicos. Nuestra unión nos tiene que llevar a demandar acciones puntuales y a plantear exigencias ineludibles, haciendo que nuestros mandatarios nos tengan en consideración a la hora de elaborar las leyes y de planificar acciones o campañas concretas. Es en el día a día, en la tarea diaria, donde todos y cada uno tenemos que aportar nuestro granito de arena.
Deseo desde aquí hacer un reconocimiento a nuestras fuerzas de seguridad, a la policía nacional, a las policías autonómicas, a la policía municipal, la guardia urbana... Por su gran labor y eficacia y en especial por su constancia y tesón. Y, a pesar de las carencias que puedan estar sufriendo, espero que no se desanimen en su trabajo. A pesar de que las leyes vigentes no les acompañan ni les apoyan como cabría desear, ellos están danto muestras, una vez más, de su gran profesionalidad. Por desgracia, la eficacia de su actuación se suele ver empañada posteriormente por otras actuaciones -¿legales?- demasiado blandas y permisivas con los que delinquen de manera habitual. En este sentido no me cabe la menor duda de que tiene que ser deprimente y descorazonador, desalentador y humillante, ver como ellos detienen a alguien por segunda, tercera, cuarta o enésima vez para tener que hacerlo de nuevo dentro de pocas fechas.
Es triste constatar esta dura realidad. Pero ignorarla o silenciarla, para lo único que sirve es para hacer aumentar la delincuencia. Luc de Clapier, marqués de Vauvenargues, militar y escritor moralista francés del siglo XVIII, decía: "Las leyes deben ser severas y los hombres indulgentes". Y Voltaire añadía: "El destino de las leyes no es menos el de socorrer a los ciudadanos que el de amedrentarlos". Si es verdad -y lo es- que "el miedo guarda las viñas", a lo mejor va a resultar que los amigos de lo ajeno, que no respetan ni la vida del prójimo, necesitan unas leyes más duras, capaces de poner e imponer mucho más miedo.

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