martes, 23 de junio de 2009

COMPETENCIA Y PRECIOS PREDATORIOS

Como tal vez el título de este comentario pueda parecer confuso, considero necesario comenzar haciendo una breve explicación sobre el significado que quiero dar a las palabras usadas en él. Con ello no pretendo tildar a nadie de ignorante sino solamente clarificar los términos para poder entendernos mejor.

Entre las varias acepciones que recoge el Diccionario sobre la palabra COMPETENCIA, hay una a la que me quiero referir hoy. Hablo de esa “rivalidad entre personas, empresas e instituciones para lograr alguna cosa”, es decir, para obtener un fin concreto. Y cuando hablo de PRECIOS PREDATORIOS, me refiero a esa técnica o táctica de abaratar precios para cazar clientes haciendo presa en ellos.

Fijar el precio de un producto por debajo del precio de sus rivales es una estrategia competitiva bastante frecuente que tiene dos objetivos fundamentales: aumentar las ventas y ganar cuota de mercado. Objetivos ambos que suelen ir concatenados pero que no raras veces conllevan una malsana dosis de fraude o de dolo.

La utilización de esta praxis, incluso cuando se hace sin ningún tipo de engaño, entraña siempre sus riesgos y tiene sus exigencias. Por eso solo resulta viable cuando esa empresa es verdaderamente más eficiente o cuando está dispuesta a obtener un margen menor que sus rivales. Ahora bien, ¿quién es el listillo que se resigna a conformarse con menos ingresos?

No me cabe la menor duda de que los que utilizan esta práctica, tienen otra finalidad bien distinta. Estoy seguro de que, en buena medida, sus planteamientos son fruto de una conclusión lógica: vendiendo muchos más productos, aunque en cada uno tenga algo menos de beneficio, el resultado final será más positivo. Con otras palabras, las ganancias aumentarán.

Otro aspecto a tener en cuenta es que esta conducta, siempre que se actúe con una ética intachable y no se ofrezca gato por liebre, favorece individualmente a cada consumidor. Es él el que sale beneficiado. Al adquirir un producto de la misma calidad y prestaciones por un precio menor, su billetera, su monedero o su cuenta corriente no se resienten tanto. De ahí que el abaratamiento de un producto produzca ese innato deseo de adquirirlo.

Hasta aquí creo poder afirmar sin ambages que esta práctica comercial no tiene por qué extrañar a nadie. Otra cosa muy distinta es cuando se trata de eso que se suele llamar “precio predatorio”, fruto de un abuso de posición de dominio o de una competencia desleal. En el lenguaje comercial este concepto suele hacer referencia a un precio anormalmente bajo, incluso inferior al coste del producto. Y los que toman esa decisión o utilizan esa praxis, suelen tener como objetivo expulsar del mercado a empresas rivales o dificultar la entrada de otras.

Y aquí es precisamente donde puede estar el engaño. Efectivamente, el resultado de esta estrategia comercial a corto plazo es –sigue siendo- un beneficio para los consumidores, consecuencia de precios mas bajos. Sin embargo, a más largo plazo el efecto es inverso. Esta conducta comercial, al quedarse sin empresas competidoras, al eliminar la competencia, hará factible la posibilidad de elevar los precios a su antojo, con el consiguiente gravamen para el consumidor. Y esta situación es la que justifica que tales conductas sean evaluadas por los organismos responsables de la defensa de la competencia.

Con esto que acabo de escribir, no quiero decir que nuestro gremio adolezca o abuse de estos comportamientos que se me antojan insolidarios. La literatura especializada informa de que esta práctica no es común. Por eso lo que yo pretendo es simplemente llamar la atención sobre un peligro que podemos correr o sobre una tentación en la que podemos caer. En épocas de crisis como la nuestra, siempre aparece el ingenio de turno dispuesto a descubrir el Mediterráneo.

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