jueves, 18 de febrero de 2010

La iJoya

Algunos medios le han definido como el mesías de la tecnología. Steve Jobs, el consejero delegado de Apple, llegó, triunfó, se fue, volvió a llegar y volvió a triunfar. Tras fundar la compañía en 1976, la abandonó por divergencias con otros directivos y de nuevo vino en su rescate, 20 años más tarde, cuando ésta se hallaba a dos pasos de una muerte anunciada.

Jobs ha tenido el don de convertir un producto de élites en una “pijada” (perdonen la expresión) ansiada por millones de consumidores de todo el mundo. Un lujo que la gente se da el gusto de tener. Pese a los iracundos pronósticos de los adoradores del PC, que siempre definieron la manzana como un bocado sabroso destinado a convertirse en puro resto orgánico en la carrera de las prestaciones informáticas.

Los sempiternos tejanos y el polo negro de cuello alto del mandamás de Apple sólo visten un cerebro siempre en plena ebullición. Del iMac al iPod, del iPod al iPhone, del iPhone al iPad. Un desarrollo y un éxito que tienen mucho que ver con la visión empresarial de Jobs, pero también con algo tan básico como valorar en su justa medida los sentidos del ser humano. Porque a este mundo, que parecía cada vez más aséptico con el desarrollo de la red virtual, le apasiona tocar. Además de permitirse ciertos lujos.

Nuestro sector también parece atravesar el desierto que Apple vivió tras la salida de Jobs. Aunque no está muerto, tal vez un poco dormido. A nosotros, a falta de gurús, nos toca despertarlo. Una vez más insistimos desde nuestra atalaya que ya va siendo hora de moverse y dejar de hablar. Hoy más que nunca conviene actuar. Las palabras se las ha llevado el viento y los hechos permanecen indemnes.

El 2010 es el año clave. Pero no olvidemos que después de esta crisis ya nada va a ser igual, pero consumir, se seguirá consumiendo. Tal vez otros productos, tal vez desde otras perspectivas, como ocurre con los “i“ de Apple. El consumidor ya está formado, ya ha saboreado el gusto de las mieles dulces, ya ha visto cuál es el precio de las cosas, ya sabe cuál es el valor del producto y de la marca, ya no se le puede engañar ni dar duros a cuatro pesetas.

De nosotros depende despertar su sensibilidad y sus sentidos, llegar al fondo de sus sentimientos, hacer que fluya esa sangre que corre por sus venas y sea atraído a cada oferta. El todo vale se ha terminado. La fiesta ha acabado. Toca recoger manteles y preparar el próximo banquete.

¡Qué sería hoy de aquellas campañas: “un diamante es para siempre”, “el oro un valor eterno, el oro refleja sentimientos”. Nos sonarían a arcaicas, a épocas de nuestros antepasados y poco más de 25 años han transcurrido.

Hoy se necesita frescura, alegría, ecología, despertar sentimientos morales, étnicos, filosóficos. Valores naturales reales, humanos. Nunca hemos sido tan amantes y necesitados del valor que despiertan sentidos primarios, pero eternos. No se venden signos religiosos, pero nunca se ha hablado tanto de religión, cada uno de la suya, pero en definitiva del valor espiritual. Los cimientos de la iJoya están ahí para que los descubramos, antes de que nos adelanten por el flanco.

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