“Yo soy el dueño de mi destino, soy el capitán de mi alma”, dijo W.E. Henley, tratando de explicar con esta frase que “lo importante no es lo que nos hace el destino sino lo que nosotros hacemos de él”.
Vivimos en un mundo totalmente pragmático donde imperan los resultados y no las ideas brillantes. Cualquier idea, por muy luminosa que sea, si no cristaliza en realidades cuantificables, se queda en pura ilusión, condenada al ostracismo más aséptico. Hoy, más que nunca, se busca la eficacia en la acción.
Por eso, si queremos triunfar siendo nosotros mismo, en nuestros planteamientos existenciales debemos tener como principios fundamentales y básicos la determinación del fin y los medios para alcanzarlo. La consecuencia ordinaria de una voluntad decidida son los resultados. Nuestra voluntad es, sobre todo, operativa, decisoria. Está orientada hacia el objetivo propuesto e impulsa a la persona a poner los medios apropiados para lograrlo.
Aunque los resultados no estén plenamente garantizados, todos debemos potenciar esa búsqueda de eficacia en nuestra voluntad. Es el camino para llegar a ser triunfadores sin caer en la alienación.
Para ello necesitamos ser realistas al máximo. No podemos quedarnos en soñadores ilusos. Debemos contar con los fallos, los fracasos y las dificultades. Las personas de éxito necesitan contemplar todo el abanico de posibilidades.
Debemos saber igualmente que un fracaso se puede convertir en el peldaño que nos subirá al éxito y nos ayudará a poner en mente las actitudes positivas. Las dificultades y los fracasos tienen en sus entrañas la semillas que fructifica en beneficios. Solo hay que saber abonarla.
Tampoco podemos olvidar el factor competitividad. Si se aplica a las personas, hace referencia a “esa capacidad de luchar por conseguir un mismo fin”. Si se aplica a los productos comerciales, alude a la “rivalidad de los mismos en precio o calidad”. En ambos casos la competitividad siempre tiende a mejorar los logros, frente a la competencia o frente a nosotros mismos.
No es infrecuente que, a falta de resultados inmediatos, haya personas que se dejen invadir por el pesimismo y abandonen el trabajo o canalicen todas sus energías solo en intentar evitar el fracaso cuando no en ocultarlo. Y, claro, así nunca llegan a triunfar. Los triunfadores, las personas de éxito incrementan constantemente su ilusión, su optimismo y sus deseos de triunfo. Como decía Eurípides, “el hombre superior es el que siempre es fiel a la esperanza; no perseverar es de cobardes”. Por eso en nuestro organigrama vital debe prevalecer y predominar en todo momento la esperanza.
En este sentido podemos distinguir dos tipos de personas: las que luchan por obtener triunfos y las que solo y exclusivamente se mueven por el miedo al fracaso.
Es cierto que el miedo, el temor a fracasar es algo que puede aparecer -y de hecho aparece- en cualquier proyecto de futuro. Lord Byron se preguntaba: ¿Qué es la esperanza sin la levadura del miedo?”.
Pero también es cierto que el miedo y el temor pueden ser instrumentalizados para la consecución del triunfo. El miedo al fracaso puede contribuir perfectamente a llevarnos al éxito. El temor a fracasar puede ser muy bien ese primer peldaño que nos afiance en la realidad, nos fortalezca la esperanza y nos capacite para el triunfo, impulsándonos a poner los medios apropiados para lograr el éxito deseado.

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