La pregunta que hoy me hago y os hago, no es fruto de elucubraciones teóricas. La formulo con plena conciencia y con la intención de hacer unos planteamientos totalmente realistas que puedan desembocar en una praxis real y operativa. Voltaire dijo que “la imaginación es la loca de la casa”. Pero, en un mundo de cuerdos-locos como el que nos ha tocado vivir, prescindir de ella sería la más calamitosa de las locuras.
Pero, ¿qué es la imaginación? ¿Para qué sirve? Comencemos, una vez más, por recurrir al Diccionario. Tal vez así podamos aclarar algunas ideas.
En efecto, entre las muchas acepciones que tiene este vocablo, hay algunas que llaman poderosamente la atención y que conviene recordar. Fijémonos solamente en tres de ellas: “Facultad para representar en la mente imágenes de cosas reales o ideales”; “Facultad para crear o inventar”; “Capacidad para idear soluciones a problemas teóricos o prácticos”. Pues bien, si la imaginación es eso y mucho más, no cabe duda de que su importancia operativa no puede ser soslayada ni silenciada en ninguna faceta de nuestra existencia.
Estamos ante uno de los principios vitales de nuestra personalidad humana y de nuestra personalidad empresarial e, incluso, gremial. Por eso, si no la utilizamos como es debido, estaremos abocados a un devenir agonizante y a una autodestrucción anunciada... hasta ocupar un lucido panteón en el cementerio de las empresas. La tercera vía.
Se suele decir con frecuencia que los negocios o los heredas o los inventas. Pero la experiencia nos enseña que también cabe una tercera vía. Existe siempre la posibilidad de combinar hábilmente ambas realidades y tratar de reinventar lo heredado. Esta tercera vía, que además acostumbra a dar muy buenos resultados, exige siempre una fuerte dosis de imaginación. La necesitamos para crear e inventar. La necesitamos para representar en nuestra mente las imágenes de lo que queremos producir. La necesitamos para idear soluciones a los problemas que se nos plantean. En una palabra, la necesitamos para ser y para subsistir, pero, sobre todo, para crecer.
Con razón se suele decir que el verdadero combustible de los negocios boyantes es la imaginación. Es ella la que va a impulsar nuestra operatividad, nuestra capacidad creativa. Es ella la que, tal vez, cuando menos lo pensemos, nos va a aportar esa idea brillante, excelente, atractiva, irresistible..., capaz de poner en movimiento todos los resortes disponibles. Es ella la va a generar esa energía arrolladora que nos catapultará hacia nuevas metas.
En un mundo tan competitivo como el nuestro, en una sociedad tan ahíta, no podemos ignorar ni despreciar las posibilidades que nos ofrece esta facultad que tenemos, esta capacidad de la que todos por naturaleza estamos dotados. Por eso, si no queremos que la realidad circundante nos devore, no nos queda otro camino que poner a trabajar nuestra imaginación. Como decía hace más de un siglo el filósofo francés, Jules de Gaultier, “en la lucha contra la realidad, el hombre sólo tiene un arma: la imaginación”.Todos queremos sorprender al mercado con algo nuevo y distinto, producir algo novedoso. Todos aspiramos a despertar en el consumidor esa acuciante necesidad de adquirir nuestros productos. Todos deseamos revestir nuestras mercancías con un aura mágica, atrayente y atractiva que las haga irresistibles. Es un deseo lógico y humano, muy humano. Pero todo eso resulta imposible de conseguir si no ponemos a funcionar esa chispa de la vida, ese relámpago de la neurona, esa explosión luminosa del cacumen, que es la imaginación.
Será ella –la imaginación- la que nos impulse a tener fe en nosotros mismos, en nuestras propias fuerzas y en nuestras capacidades. Será ella –la imaginación- la que nos saque de esa prosaica y ramplona rutina existencial en la que, con frecuencia, vegetamos. Será ella –la imaginación- el motor de arranque que ponga en funcionamiento, a nivel individual y gremial, los engranajes de todo nuestro sistema operativo... Ya lo dijo Napoleón: “la imaginación es capaz de gobernar el mundo”.

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