martes, 18 de mayo de 2010

Y nos quedamos sin Mesías

Algo extraño está sucediendo, son sucesos que en situaciones normales pasan inadvertidos, pero ahora, que estamos más sensibles, llegamos a intuir incluso como sensaciones que flotan en el aire. Donde hace calor, de repente una ráfaga de aire helado te propina una bofetada. Y viceversa.

Al igual que cuando se anuncia una tormenta, las ramas de los árboles se agitan apresuradas anteponiéndose a la catástrofe, los acontecimientos se precipitan con síntomas de que algo gordo se avecina. Quizá el sector está esperando que por fin llegue lo que sea para ver que solución tiene.

Pero hemos de continuar caminando paso a paso, aumentando, si cabe, cada vez más el grado de conciencia. Y ahora mi percepción está alcanzando tal sensibilidad que soy capaz de reparar en las dudas que se ciñen sobre el que recoge la ropa para evitar que se moje, como en la aparente seguridad de aquel que canta de alegría porque va a llover.

A veces pensamos que las cosas pueden suceder y no suceden de forma simultánea. Está llegando el momento, estamos empezando a confundir lo que se intuye con lo que en realidad es, lo gratuito con lo que de verdad tiene un precio…

Pero aquí, en esta realidad que nos toca hoy, nada hay gratuito, todo tiene un coste, un alto coste. En otras situaciones lo que está sucediendo nos parecería normal, pero en la actual situación, hay que pensar que todo en este mundo está concatenado y que la modista no da puntada sin hilo.

Hemos vivido unos años de bonanza, años donde parecía que la fiesta era eterna, que jamás llegaría a su fin. Las circunstancias nos invitaban a una juerga permanente. Al sector llegaron grandes cracks, auténticos Mesías, como si de la Biblia se estuviera hablando… No había quien se resistiera a esos gurús que, como tabla de salvación, irrumpieron para dar otra forma de vida al mundo joyero… y así fue durante algún tiempo. Pero, como todo en esta vida, ha llegado a su fin.

Esos salvadores ya están dejando el barco, han sido los primeros en abandonarlo y dejarlo a la deriva. ¿Quién va a guiar la nave en el futuro?

Teníamos en nuestros escaparates productos, marcas, sin las que no podíamos vivir, y ahora son esos productos, esas marcas las que nos están matando.
Sentíamos la voz de comerciales, directores comerciales y empresarios que nos decían que sin ellos nuestro negocio se hundiría, y ahora son las mismas voces las que lo están hundiendo.

Marcas, empresas, personas que si en otro tiempo ayudaron al día a día en la lucha por la supervivencia, hoy son los que precipitan la agonía, o, tal vez mejor, los que nos van a desconectar ese cable que ahora nos da un poco de oxigeno.

El viento empieza a soplar con más fuerza, la tormenta se avecina con aire desgarrador. Una dura tempestad va a tirar las pocas hojas que todavía se mantienen pegadas al árbol joyero.

Debemos buscar donde refugiarnos, escoger ese techo que nos acompañe para que nuestra nave no zozobre. Debemos dejar de fiarnos de la cobertura que nos daban quienes ahora nos la quitan.

Sólo si sabemos escoger compañeros de viaje que remen en la misma dirección, seremos capaces de llegar a buen puerto. Una vez más insisto. No hay que dejarse llevar por el empuje del viento. La nave debe guiarla uno mismo, no falsos patronos que no saben en qué dirección van. Probablemente su rumbo no es el que tal vez nos interese.

Juguemos la partida sin cartas marcadas, pidamos transparencia al que nos ofrece algo, seamos coherentes, consecuentes, claros… En una palabra, no nos dejemos llevar por impulsos y actuemos con la mente abierta y despierta. Sólo hay un camino y está trazado, nosotros lo tenemos que asfaltar para que sea efectivo y de continuidad a nuestra vida profesional.

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