Hace escasos días leí en un noticiero virtual un titular que rezaba: “La crisis en el sector del lujo-joyería”. Y la verdad es que me dio pie a dejar rienda suelta a mi imaginación y sacar algunas conclusiones que aquí apunto.
En los últimos años hemos visto llegar cantidad de intrusos, advenedizos, etc. a este sector. Gente no sólo falta de profesionalidad, sino además con un desconocimiento total de lo que manejaban entre sus manos. Llegaron con el único objetivo de ganar dinero, mucho dinero… y algunos lo consiguieron. Muchos de estos son los que ahora se lamentan y ponen palos a las ruedas para que el carro del progreso no avance.
Todos los planes que hicieron fueron a corto o inmediato plazo, y sin escrúpulos. Su negocio consistió en esperar a ver entrar un cliente, sacarle el máximo dinero y, si puede ser, decirle adiós sin más. No importa pensar en si se fue satisfecho o engañado, ¿para qué?
Provenían de otros países, de otros sectores, de otras áreas de negocio. No conocían el oro, la plata, las aleaciones,… Y de gemología, mucho menos. Ni sabían del diseño ni lo valoraban. Practicaron la teoría fácil, comprar y vender con el mayor margen posible, sin conocer el producto, ni saber de sus exigencias, virtudes o garantías.
Pero la joyería es algo más que todo eso. Implica una normativa a respetar para asegurar la plena calidad ante el cliente. Supone el empleo de unos materiales de unas características únicas. Es satisfacción plena del que compra y del que recibe. Habla de sentimientos, de exclusividad, es una forma de complemento –eso sí, muy bien escogida- a cada estilo de vida.
La joyería es arte, es diseño y también es valor, porqué no decirlo, valor en alza, valor en la inversión como producto artístico, al que se suma el precio de los materiales. ¿Qué línea de negocio se revalorizó estos años más que la del oro?
Para ser joyero se necesita amar la profesión, vivirla, saber lo que se trae entre las manos, conocer que estamos dando servicio al cliente, y que si lo satisfacemos volverá. Darle lo que pide, no lo que a nosotros nos dé más rentabilidad.
Comprando una joya se compra satisfacción y regalar joyas es regalar amor. Por eso lo primero que se regalan los novios son los anillos de compromiso, y luego las alianzas que simbolizarán su decisión de iniciar y mantener un proyecto de vida en común.
Hay que sacar todo el conocimiento, entusiasmo y pasión para satisfacer a esos jóvenes ilusionados, a esa pareja decidida o a esos hijos agradecidos que acceden al establecimiento joyero para buscar el obsequio especial que merece una ocasión especial.
No están comprando un chicle, que si no gusta, se tira, sin más. Están adquiriendo un objeto preciado que refleja sus sentimientos y con vocación de permanencia, y ello tiene un valor incalculable, más allá de su determinado coste económico. Nuestra misión es, por tanto, delicada, y así la hemos de asumir.
En los últimos años hemos visto llegar cantidad de intrusos, advenedizos, etc. a este sector. Gente no sólo falta de profesionalidad, sino además con un desconocimiento total de lo que manejaban entre sus manos. Llegaron con el único objetivo de ganar dinero, mucho dinero… y algunos lo consiguieron. Muchos de estos son los que ahora se lamentan y ponen palos a las ruedas para que el carro del progreso no avance.
Todos los planes que hicieron fueron a corto o inmediato plazo, y sin escrúpulos. Su negocio consistió en esperar a ver entrar un cliente, sacarle el máximo dinero y, si puede ser, decirle adiós sin más. No importa pensar en si se fue satisfecho o engañado, ¿para qué?
Provenían de otros países, de otros sectores, de otras áreas de negocio. No conocían el oro, la plata, las aleaciones,… Y de gemología, mucho menos. Ni sabían del diseño ni lo valoraban. Practicaron la teoría fácil, comprar y vender con el mayor margen posible, sin conocer el producto, ni saber de sus exigencias, virtudes o garantías.
Pero la joyería es algo más que todo eso. Implica una normativa a respetar para asegurar la plena calidad ante el cliente. Supone el empleo de unos materiales de unas características únicas. Es satisfacción plena del que compra y del que recibe. Habla de sentimientos, de exclusividad, es una forma de complemento –eso sí, muy bien escogida- a cada estilo de vida.
La joyería es arte, es diseño y también es valor, porqué no decirlo, valor en alza, valor en la inversión como producto artístico, al que se suma el precio de los materiales. ¿Qué línea de negocio se revalorizó estos años más que la del oro?
Para ser joyero se necesita amar la profesión, vivirla, saber lo que se trae entre las manos, conocer que estamos dando servicio al cliente, y que si lo satisfacemos volverá. Darle lo que pide, no lo que a nosotros nos dé más rentabilidad.
Comprando una joya se compra satisfacción y regalar joyas es regalar amor. Por eso lo primero que se regalan los novios son los anillos de compromiso, y luego las alianzas que simbolizarán su decisión de iniciar y mantener un proyecto de vida en común.
Hay que sacar todo el conocimiento, entusiasmo y pasión para satisfacer a esos jóvenes ilusionados, a esa pareja decidida o a esos hijos agradecidos que acceden al establecimiento joyero para buscar el obsequio especial que merece una ocasión especial.
No están comprando un chicle, que si no gusta, se tira, sin más. Están adquiriendo un objeto preciado que refleja sus sentimientos y con vocación de permanencia, y ello tiene un valor incalculable, más allá de su determinado coste económico. Nuestra misión es, por tanto, delicada, y así la hemos de asumir.

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