Hace algún tiempo, no mucho, se podía oír con cierta frecuencia la siguiente frase: “Yo no vendo más porque no me anuncio en TV”. Y puede que en aquel momento tuviesen razón. Pero ahora las cosas han cambiado. Hoy eso ya no es verdad. Hoy ya no valen tanto los anuncios en TV. Aunque los segundos publicitarios se sigan cotizando muy alto, su impacto comercial ha descendido. Entre otras razones, porque, cuando llegan los minutos de publicidad, la gente aprovecha para hacer zaping y así poder enterarse de lo que están emitiendo en otras cadenas.
Lo que sí tiene valor, aunque nos cueste reconocerlo, es esa publicidad indirecta y subliminal que se desprende de muchos programas que nos ofrece la TV. Me refiero, sobre todo y principalmente a determinados seriales y otras programaciones similares. Aunque afirmemos que no son de nuestro agrado y que no queremos ser como esos personajes, terminamos vistiendo como ellos. Y aunque sus comportamientos sociales nos parezcan cursis, acabamos usando las joyas y los relojes que ellos y ellas exhiben con descaro.
En el fondo de nuestro ser todos nos sentimos emocionados ante la cantidad ingente de posibilidades que se abren delante de nosotros. Son tantas y tan diversas las cosas y los objetos que podemos adquirir… Tenemos tanto donde escoger que podemos llegar a marearnos. En general nos decantamos por aquello que creemos que nos ayuda a afianzarnos en el convencimiento de que somos felices con nuestra actual manera de vivir, con nuestro estilo personal de afrontar nuestra existencia.
En este aspecto hay quien piensa que el hecho de adquirir objetos o comportamientos de nuevo lujo tiene como finalidad primordial el tratar de sentirse bien cuanto antes. Se busca el rejuvenecimiento físico y psíquico. Nos dejamos llevar por los impulsos de la inspiración emotiva. Tratamos de reducir el estrés. Buscamos la comodidad y el descanso. En una palabra, queremos ser nosotros mismos; queremos encontrarnos con nuestro propio ser.
La gente no gasta en productos emocionalmente vacíos. No solo busca productos que aporten alivio o comodidad. Busca, sobre todo, productos que despierten emociones; productos que sean capaces de generar estados anímicos nuevos y novedosos, generadores de vivencias emocionales y capaces de satisfacer esas nuevas necesidades que despierta el estilo de vida actual.
En todos nosotros se ha despertado el interés por buscar. Se trata de un interés desbordante y alocado que, con frecuencia, nos conduce a buscar hasta en el interior de nosotros mismos. Queremos ser más. Pero también queremos ser más felices y sentirnos mejor. Y aquí, en este campo concreto y específico, es donde desempeña un gran papel el deseo acuciante de comprar para satisfacer.
No debe extrañar, pues, que los compradores de productos de nuevo lujo sean gente compleja, dispuesta siempre a gastar dinero ellos mismos. Pagan por productos de calidad. Pero pagan, sobre todo, por productos que generen vivencias y que les empapen de emociones. Se burlan de la moda, pero la siguen. Compran para obtener un status social, aunque digan que su estilo es individual.
Evidentemente, los consumidores de estos productos de nuevo lujo necesitan mucha información. Necesitan conocer los productos que nosotros, los joyeros, les ofertamos. Necesitan conocer las cualidades de nuestros productos, su importancia, su capacidad para la finalidad que pretenden. Porque lo que compran, se convierte a menudo para ellos en un nuevo lenguaje de autoexpresión y de diálogo social.
Por eso necesitamos hacer con serenidad y humildad un examen de conciencia y preguntarnos con sinceridad: ¿Estamos fabricando esos productos de nuevo lujo, capaces de satisfacer las exigencias del mercado? Y, lo que es más importante, ¿los estamos dando a conocer por los cauces adecuados?
Si la respuesta a estas dos preguntas resulta negativa, no echemos balones fuera. Asumamos nuestra responsabilidad –individual y gremial- y pongamos manos a la obra.
Lo que sí tiene valor, aunque nos cueste reconocerlo, es esa publicidad indirecta y subliminal que se desprende de muchos programas que nos ofrece la TV. Me refiero, sobre todo y principalmente a determinados seriales y otras programaciones similares. Aunque afirmemos que no son de nuestro agrado y que no queremos ser como esos personajes, terminamos vistiendo como ellos. Y aunque sus comportamientos sociales nos parezcan cursis, acabamos usando las joyas y los relojes que ellos y ellas exhiben con descaro.
En el fondo de nuestro ser todos nos sentimos emocionados ante la cantidad ingente de posibilidades que se abren delante de nosotros. Son tantas y tan diversas las cosas y los objetos que podemos adquirir… Tenemos tanto donde escoger que podemos llegar a marearnos. En general nos decantamos por aquello que creemos que nos ayuda a afianzarnos en el convencimiento de que somos felices con nuestra actual manera de vivir, con nuestro estilo personal de afrontar nuestra existencia.
En este aspecto hay quien piensa que el hecho de adquirir objetos o comportamientos de nuevo lujo tiene como finalidad primordial el tratar de sentirse bien cuanto antes. Se busca el rejuvenecimiento físico y psíquico. Nos dejamos llevar por los impulsos de la inspiración emotiva. Tratamos de reducir el estrés. Buscamos la comodidad y el descanso. En una palabra, queremos ser nosotros mismos; queremos encontrarnos con nuestro propio ser.
La gente no gasta en productos emocionalmente vacíos. No solo busca productos que aporten alivio o comodidad. Busca, sobre todo, productos que despierten emociones; productos que sean capaces de generar estados anímicos nuevos y novedosos, generadores de vivencias emocionales y capaces de satisfacer esas nuevas necesidades que despierta el estilo de vida actual.
En todos nosotros se ha despertado el interés por buscar. Se trata de un interés desbordante y alocado que, con frecuencia, nos conduce a buscar hasta en el interior de nosotros mismos. Queremos ser más. Pero también queremos ser más felices y sentirnos mejor. Y aquí, en este campo concreto y específico, es donde desempeña un gran papel el deseo acuciante de comprar para satisfacer.
No debe extrañar, pues, que los compradores de productos de nuevo lujo sean gente compleja, dispuesta siempre a gastar dinero ellos mismos. Pagan por productos de calidad. Pero pagan, sobre todo, por productos que generen vivencias y que les empapen de emociones. Se burlan de la moda, pero la siguen. Compran para obtener un status social, aunque digan que su estilo es individual.
Evidentemente, los consumidores de estos productos de nuevo lujo necesitan mucha información. Necesitan conocer los productos que nosotros, los joyeros, les ofertamos. Necesitan conocer las cualidades de nuestros productos, su importancia, su capacidad para la finalidad que pretenden. Porque lo que compran, se convierte a menudo para ellos en un nuevo lenguaje de autoexpresión y de diálogo social.
Por eso necesitamos hacer con serenidad y humildad un examen de conciencia y preguntarnos con sinceridad: ¿Estamos fabricando esos productos de nuevo lujo, capaces de satisfacer las exigencias del mercado? Y, lo que es más importante, ¿los estamos dando a conocer por los cauces adecuados?
Si la respuesta a estas dos preguntas resulta negativa, no echemos balones fuera. Asumamos nuestra responsabilidad –individual y gremial- y pongamos manos a la obra.

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