Hace escasos números Pedro J. Pérez, editor de CONTRASTE, firmaba un artículo titulado “La publicidad, una inversión rentable” que propició diversas llamadas a la redacción demostrando que el tema publicitario genera debates, nuevos planteamientos, reflexiones... Y que el sector joyero vive por igual estas inquietudes. Insistía Pedro J. Pérez básicamente en dos aspectos: el primero, el axioma de si un producto es bueno la publicidad puede hacer el resto: y el segundo, la necesidad de que las campañas publicitarias estén coordinadas y presenten claridad de objetivos. “Sin publicidad el éxito no existe”, remarcaba.
Esta constatación se ha hecho evidente en todas las ramas productivas, pese a que cada sector, cada área, posea sus propias características específicas. Y aún más, la tendencia de los especialistas publicitarios es ya, en estos momentos, no sólo la de ayudar a vender, sino también la de proporcionar un valor añadido que se orienta a ofrecer resultados mediables a las marcas que les otorgan su confianza.
En publicidad, como en todo, es posible verificar o medir los resultados. Primero por las ventas (un aumento de clientela tras una campaña publicitaria no necesita más explicaciones), pero también por la penetración en el mercado y por la aceptación del producto por parte del consumidor.
Ser publicitario, saber vender un producto y venderlo bien es cada vez más complejo pero también más apasionante. Las agencias dedicadas a ello, además de construir marcas, han de conocer al público consumidor y a ello se aplican. Se trata de estar en el momento oportuno, dirigidos a la persona más oportuna y ofrecer el producto más oportuno.
Parece que todo se resuelve en el consumir final pero es que, al fin y al cabo, sólo conociendo los gustos, la filosofía, el talante del que compra podemos lograr entrar en su dominio. El joyero tiene hoy ante sí diversos públicos consumidores por los que apostar (decidir en este contexto por un producto específico no es difícil); especialistas en quienes confiar (para que le ayuden a vender ese producto); y capacidad y fuerza moral para exigir objetivos. Sólo hace falta lanzarse, calibrando no obstante todas las herramientas e instrumentos que lograrán el éxito de la aventura. Para vender más hay que arriesgar, pero con tino.

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