Dicen que el tiempo es oro. Y debe ser verdad. Para cualquier empresario es una de las principales claves para obtener buenos resultados. Entre las múltiples variables que hay que sopesar al dirigir una empresa, la gestión del tiempo ocupa un lugar preferencial.
Por algo somos todos tan esclavos de él. Dicen también que el tiempo es la medida de todas las cosas. Por algo decía Baltasar Gracián que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. En cualquier empresa y proyecto empresarial, es necesario establecer unas metas y fijar unos objetivos. Ahora bien, el logro de esos objetivos y la consecución de esas metas, va a depender en gran medida de la realización de la tarea. De ahí que el manejo del tiempo resulte de importancia vital. Necesitamos, pues, saber manejar el tiempo, saber invertirlo y sacarle el máximo rendimiento. Cada caso necesita ser estudiado con delicadeza. Y cada solución debe ir acorde con los planteamientos previstos.
Lo que sí podemos afirmar es que para manejar y sacar mejor rendimiento a esta variable es necesario conocer más y mejor sus características y sus leyes. Si no tratamos de conocer el tiempo y manejarlo, terminaremos engullidos por sus devoradoras fauces. Por eso, a lo largo de los siglos, los pensadores han dedicado tanto tiempo y esfuerzos a estudiar el tiempo. Conscientes de su valor, no han escatimado medios para profundizar en el misterio que engloba esta dura realidad existencial.
Estamos ante un elemento indispensable. Queramos o no, ninguna iniciativa, ninguna realización puede ser llevada a cabo sin que el reloj esté presente. Pero es que, además, el tiempo es inexorable: no es posible ahorrarlo o detenerlo. El tiempo fluye y desaparece. De ahí la necesidad de aprovecharlo al máximo, de sacarle el máximo rendimiento.
Por otra parte, se trata de una variable que tiene sus propias leyes. El tiempo que requiere un trabajo crece en proporción al número de veces que se ha interrumpido o reanudado la tarea. Cuantas más interrupciones, más tiempo necesitaremos para su realización. Además, hay que tener en cuenta que programar actividades largas implica más dificultades que una actividad corta. Y esto es verdad no sólo por el cansancio y la monotonía, sino por el esfuerzo e interés que despierta y que obliga a una mayor concentración.
Por último, y sin ánimos de agotar el tema, hay que afirmar rotundamente que el valor de una tarea, de un trabajo concreto, no crece proporcionalmente al tiempo que se le dedica. Con demasiada frecuencia, resulta al revés. Y con demasiada frecuencia, tenemos que llegar a la conclusión de que, después de haber dedicado mucho tiempo a su realización, hemos estado perdiendo el tiempo.
Es cierto que en nuestra sociedad actual vivimos obsesionados por el reloj. Y no es cuestión de ser esclavos de él. Debemos tener claros los objetivos a alcanzar y dar prioridad a las tareas más importantes, dedicándole a cada una el tiempo apropiado.
Por algo somos todos tan esclavos de él. Dicen también que el tiempo es la medida de todas las cosas. Por algo decía Baltasar Gracián que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. En cualquier empresa y proyecto empresarial, es necesario establecer unas metas y fijar unos objetivos. Ahora bien, el logro de esos objetivos y la consecución de esas metas, va a depender en gran medida de la realización de la tarea. De ahí que el manejo del tiempo resulte de importancia vital. Necesitamos, pues, saber manejar el tiempo, saber invertirlo y sacarle el máximo rendimiento. Cada caso necesita ser estudiado con delicadeza. Y cada solución debe ir acorde con los planteamientos previstos.
Lo que sí podemos afirmar es que para manejar y sacar mejor rendimiento a esta variable es necesario conocer más y mejor sus características y sus leyes. Si no tratamos de conocer el tiempo y manejarlo, terminaremos engullidos por sus devoradoras fauces. Por eso, a lo largo de los siglos, los pensadores han dedicado tanto tiempo y esfuerzos a estudiar el tiempo. Conscientes de su valor, no han escatimado medios para profundizar en el misterio que engloba esta dura realidad existencial.
Estamos ante un elemento indispensable. Queramos o no, ninguna iniciativa, ninguna realización puede ser llevada a cabo sin que el reloj esté presente. Pero es que, además, el tiempo es inexorable: no es posible ahorrarlo o detenerlo. El tiempo fluye y desaparece. De ahí la necesidad de aprovecharlo al máximo, de sacarle el máximo rendimiento.
Por otra parte, se trata de una variable que tiene sus propias leyes. El tiempo que requiere un trabajo crece en proporción al número de veces que se ha interrumpido o reanudado la tarea. Cuantas más interrupciones, más tiempo necesitaremos para su realización. Además, hay que tener en cuenta que programar actividades largas implica más dificultades que una actividad corta. Y esto es verdad no sólo por el cansancio y la monotonía, sino por el esfuerzo e interés que despierta y que obliga a una mayor concentración.
Por último, y sin ánimos de agotar el tema, hay que afirmar rotundamente que el valor de una tarea, de un trabajo concreto, no crece proporcionalmente al tiempo que se le dedica. Con demasiada frecuencia, resulta al revés. Y con demasiada frecuencia, tenemos que llegar a la conclusión de que, después de haber dedicado mucho tiempo a su realización, hemos estado perdiendo el tiempo.
Es cierto que en nuestra sociedad actual vivimos obsesionados por el reloj. Y no es cuestión de ser esclavos de él. Debemos tener claros los objetivos a alcanzar y dar prioridad a las tareas más importantes, dedicándole a cada una el tiempo apropiado.
Por eso, si no queremos llegar a la conclusión de que estamos perdiendo tiempo, tenemos que decidirnos de una vez por todas a programarlo. En otras palabras, tenemos que aprender a usar nuestra libertad para no ser esclavos del tiempo y para sacar de él el máximo provecho.

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