lunes, 7 de abril de 2008

SOBREVIVIR

Lo dice el refrán: “O renovarse o morir”. Por eso, si queremos sobrevivir, tenemos que estar en una reestructuración permanente, en una renovación constante; con tres palabras, tenemos que estar en una actitud de búsqueda de adaptación al entorno y en una permanente actualización de estrategias.

Dicen los expertos que pocas empresas sobreviven sin actualizaciones permanentes más de cinco años. Sin actualización, cualquier empresa pierde su aliento vital y está condenada a perecer irremisiblemente. La historia nos dice también que no hay empresa que no se enfrente a una crisis. Antes o después, la crisis es una realidad que aparece siempre.

Podrá ser más superficial o más profunda, pero su presencia es como una espada de Damocles que pende sobre su cabeza y que amenaza a su corazón.

Los analistas de la fenomenología comercial afirman que hemos vivido unos años de vacas gordas y que hemos engordado las empresas de una manera muy artificial: con empleados, con activos, etc. Y ahora que se nos ha echado o se nos está echando encima el periodo de las vacas flacas, ¿qué? ¿Por dónde comenzamos los recortes? Ha llegado el momento de pensarlo seriamente. No se puede actuar a la ligera. Es necesario actuar con corazón y con cabeza, sopesando todos los pros y todos los contras. Una empresa que quiera ser grande dentro de su sector, tiene que saber actuar así. Y, además, tiene que hacerlo con agilidad, con rapidez. No puede dormirse en sus laureles. Tiene que saber posicionarse. Tiene que decidirse por un producto que sea capaz de atraer al cliente. Porque, queramos o no, hoy, el dueño de nuestra empresa no es el accionista sino el cliente.

Para eso debemos salir de nosotros mismos y observar qué es lo que acontece en el exterior. Sí, hay que mirar primero lo que pasa fuera de la empresa, no dentro. Y, después, tratar de acomodar nuestra empresa a las necesidades que dimanan de fuera.

Y lanzarse con toda la fuerza de la pasión a producir aquellos productos que colmen esas necesidades. Si es verdad que no se puede vivir de espaldas al pasado, también es verdad que no se puede vivir sólo de recuerdos. Es imprescindible una adaptación.

Es necesario recurrir a los instrumentos que los avances tecnológicos y científicos ponen a nuestro alcance. Pero también es necesario saber los derroteros por los que tenemos que avanzar. Alguien ha dicho que hoy vale más la inspiración que el control y que hay que saber rodearse de profesionales que cumplimenten y complementen los objetivos que nos hemos trazado. Esos que sólo se dedican a reafirmar nuestro ego suelen ser una rémora de la que hay que prescindir.

Otro aspecto a tener en cuenta es que hay que sorprender al cliente. ¿Y cómo? Dándole más de lo que espera recibir por lo que ha pagado. Aquel dicho de que “el cliente siempre tiene razón” puede ser aprovechado para superar con creces sus deseos y sus aspiraciones. Si somos capaces de aportarle más de lo que él espera, estaremos proyectando nuestro positivismo hacia unos niveles altamente superiores.

Por eso, si queremos tener buen éxito, tenemos que adaptarnos y promover los cambios. Lo bueno siempre se puede mejorar. Hay que saber convertir lo malo en bueno y lo bueno en mejor. No olvidemos que lo imposible es superable y deseable a la vez.

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