Escribía Mario de Andrade, y que me perdonen esta libre traducción del brasileño si no es muy correcta, pero creo que capta lo esencial:
“Conté mis años y descubrí que tenía menos tiempo para vivir de lo que ya había vivido hasta ahora.
Tengo mucho más pasado que futuro.
Me siento como un niño que recibe un manojo de cerezas, que las come con ansiedad hasta que se da cuenta que le faltan pocas, y entonces las roe hasta los huesos.
Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades.
Ya no quiero estar en reuniones donde lo único que se habla es de esos abultados egos.
Ya no quiero estar en reuniones con envidiosos que intentan destruir a quienes admiran, hablando de sus talentos y de su suerte.
Ya no tengo tiempo para conversaciones interminables, para discutir asuntos sobre vidas vacías que no forman parte de la mía.
Ya no tengo tiempo para administrar melindres a personas que, a pesar de la edad cronológica, son inmaduras.
Detesto hacer caricias a desafectos que alaban a los cargos.
Las personas ya no debaten contenidos, apenas títulos.
Mi tiempo se volvió escaso para debatir sobre títulos.
Mejor quiero debatir sobre la esencia, porque mi alma ya tiene prisa.
Con pocas cerezas en la mano, quiero vivir al lado de la gente humana, muy humana, que sabe reír de sus tropiezos, no se enamora de sus triunfos, no se considera triunfadora antes de hora, no huye de su mortalidad… la que camina al lado de cosas y personas de verdad.
Lo esencial de la vida vale la pena y, para mí, basta lo esencial.”
Sobra cualquier comentario. Les dejo reflexionar sobre ello.
“Conté mis años y descubrí que tenía menos tiempo para vivir de lo que ya había vivido hasta ahora.
Tengo mucho más pasado que futuro.
Me siento como un niño que recibe un manojo de cerezas, que las come con ansiedad hasta que se da cuenta que le faltan pocas, y entonces las roe hasta los huesos.
Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades.
Ya no quiero estar en reuniones donde lo único que se habla es de esos abultados egos.
Ya no quiero estar en reuniones con envidiosos que intentan destruir a quienes admiran, hablando de sus talentos y de su suerte.
Ya no tengo tiempo para conversaciones interminables, para discutir asuntos sobre vidas vacías que no forman parte de la mía.
Ya no tengo tiempo para administrar melindres a personas que, a pesar de la edad cronológica, son inmaduras.
Detesto hacer caricias a desafectos que alaban a los cargos.
Las personas ya no debaten contenidos, apenas títulos.
Mi tiempo se volvió escaso para debatir sobre títulos.
Mejor quiero debatir sobre la esencia, porque mi alma ya tiene prisa.
Con pocas cerezas en la mano, quiero vivir al lado de la gente humana, muy humana, que sabe reír de sus tropiezos, no se enamora de sus triunfos, no se considera triunfadora antes de hora, no huye de su mortalidad… la que camina al lado de cosas y personas de verdad.
Lo esencial de la vida vale la pena y, para mí, basta lo esencial.”
Sobra cualquier comentario. Les dejo reflexionar sobre ello.

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