Dicen que la vida es un continuo aprendizaje. Y, a poco que analicemos nuestra interioridad, nos daremos cuenta de la verdad de este aserto. Nadie nace sabido.
Y son los días y los años los que nos van dotando de esos conocimientos teóricos y experienciales que nos capacitan para ir haciendo frente a los nuevos retos que se nos van presentando. La vida es como un libro abierto en el que no sólo tenemos que saber leer sus contenidos, sino asimilarlos y convertirlos en rico caudal personal.
Y son los días y los años los que nos van dotando de esos conocimientos teóricos y experienciales que nos capacitan para ir haciendo frente a los nuevos retos que se nos van presentando. La vida es como un libro abierto en el que no sólo tenemos que saber leer sus contenidos, sino asimilarlos y convertirlos en rico caudal personal.
El hombre es un ser social. No vive solo y aislado. La mayor parte del tiempo se lo pasa interactuando, ya sea con clientes, con proveedores o con compañeros de trabajo. Y el poco tiempo que le puede quedar libre después de esos quehaceres, lo tiene que emplear igualmente interactuando con su familia o en su círculo de amistades.
Aunque cada uno de nosotros es un ser individual y distinto –totalmente diferenciado de los demás-, no por eso está condenado a vivir y desarrollarse en soledad y en un absoluto aislamiento. Al contrario, es precisamente en las relaciones con los otros en donde desarrollamos nuestra propia personalidad. Por eso es tan importante aprender a relacionarse, saber leer en el libro de la vida de cada día.
Una actitud receptiva
Esta interactuación supone vivir en una actitud receptiva. Hay que saber dar y recibir. Hay que intercambiar conocimientos y emociones. Hay que saber disfrutar de las experiencias; de las propias y de las ajenas. Hay que desarrollar los sentidos externos e internos. Sólo así seremos capaces de fortalecer nuestra autoestima. Sólo así seremos capaces de potenciar nuestras capacidades innatas para hacer frente al presente y al futuro.
No cabe duda de que la persona que quiera ser realmente emprendedora, debe tratar de asumir su propia personalidad. Pero tampoco cabe duda de que igualmente debe saber asumir la personalidad de cada ser humano con el que tiene que interactuar. La singularidad individual es propia y específica de cada ser humano. Y la única forma de entender esta singularidad es actuar con apertura de miras, desterrando de uno mismo esa tentación exclusivista de creernos los únicos poseedores de la verdad…
Esta actitud de apertura, este respeto por la singularidad del otro, tiene que llevarnos a comportamientos mucho más flexibles en los que tengamos en cuenta la manera de trabajar del otro para así poder intercambiar opiniones y adaptarnos a los interlocutores. Cuando cada uno se encasquilla en sus propias ideas, en sus propios puntos de vista, el diálogo no es posible. Y sin diálogo no hay luz posible.
Todo esto viene a cuento de que nuestro sector, al igual que muchos otros, parece adolecer de una acuciante falta de diálogo. Somos demasiado individualistas. Nos cerramos demasiado en nuestro propio caparazón. Tenemos demasiadas inclinaciones a actuar por libre. Y, claro, así nos luce el pelo.
Por eso considero que ya va siendo hora de que tomemos conciencia gremial, de que nos comprometamos de una vez a avanzar juntos. Y para ello, un punto de partida fundamental es esta necesidad de interactuación, de apertura, de colaboración, de cooperación mutua, desterrando de nosotros esos egoísmos exclusivistas que tanto daño nos están ocasionando, individual y colectivamente.

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