Aunque los políticos que nos gobiernan, nos quieran hacer creer otra cosa y detesten la utilización de esta palabra, lo cierto es que estamos en crisis. Esa es la cruda y dura realidad por mucho que intenten taparla o disimularla utilizando a diario –por activa y por pasiva- expresiones tan amorfas y descafeinadas como desaceleración o ralentización. Incluso tienen la osadía de valerse de una incongruencia lingüística totalmente contradictoria, bautizando a la triste realidad que nos agobia con el apelativo de crecimiento negativo. ¿Hay quien dé más? Lo importante es no querer ver lo que sucede y pretender que los demás tampoco lo veamos.
Pues bien, a pesar de los intentos de enmascararla, la crisis está aquí. Todos la estamos sufriendo. Y nuestro sector no podía ser menos. Digan lo que digan los políticos que nos gobiernan o des-gobiernan, la verdadera realidad no tiene vuelta de hoja: estamos en crisis. Y, a pesar de que yo soy optimista por naturaleza, me atrevo a afirmar que no solo estamos en crisis sino que estamos cayendo en un precipicio al que todavía no se le ve el fondo.
Sin embargo y a pesar de esta cruda y dura realidad, llevado por mi innato optimismo, me atrevo igualmente a formular la siguiente pregunta: “¿Estamos ante un problema o ante una oportunidad?” Porque para unos -¿para muchos?- es ciertamente un problema, pero para otros es -o puede ser- una gran oportunidad.
Cuando surge un problema como éste, es necesario buscar soluciones apropiadas. No podemos dejarnos asfixiar por el problema. Hay que buscar salidas. Y es ahí, en esa búsqueda de salidas, donde la crisis puede convertirse en oportunidad; una oportunidad para salir de nuestra rutina empresarial y para decidirnos de una vez a emprender nuevos caminos, no exentos de riesgos ciertamente, pero sí que nos abrirán multitud de posibilidades.
Hubo momentos más felices para la venta. Eran otros los tiempos, eran otras las circunstancias. Vender era casi una diversión. Mas que salir a vender, íbamos a que nos compraran. Nos estaban esperando –a nosotros y a la mercancía que ofertábamos- con los brazos abiertos. Sí, nos esperaban como agua de mayo. Y si, por cualquier circunstancia nos retrasábamos, la espera se convertía casi en una psicosis desesperante.
Pero hoy es diferente. Hoy la situación ha cambiado. Por eso una de las medidas urgentes que tenemos que adoptar es formar buenos equipos de ventas; equipos que ante las dificultades vean grandes oportunidades. Diríamos que tenemos que formar sicólogos, dispuestos a realizar esa tarea a perfección. Convencidos de su valía y de la valía del producto que ofertan, deben en todo momento hacer gala de ese proverbial buen hacer que la historia joyera testifica.
Sé que este no es el único remedio ni la panacea exclusiva. Pero estoy convencido de que puede aportar una extraordinaria ayuda para convertir la crisis en una oportunidad.
Pues bien, a pesar de los intentos de enmascararla, la crisis está aquí. Todos la estamos sufriendo. Y nuestro sector no podía ser menos. Digan lo que digan los políticos que nos gobiernan o des-gobiernan, la verdadera realidad no tiene vuelta de hoja: estamos en crisis. Y, a pesar de que yo soy optimista por naturaleza, me atrevo a afirmar que no solo estamos en crisis sino que estamos cayendo en un precipicio al que todavía no se le ve el fondo.
Sin embargo y a pesar de esta cruda y dura realidad, llevado por mi innato optimismo, me atrevo igualmente a formular la siguiente pregunta: “¿Estamos ante un problema o ante una oportunidad?” Porque para unos -¿para muchos?- es ciertamente un problema, pero para otros es -o puede ser- una gran oportunidad.
Cuando surge un problema como éste, es necesario buscar soluciones apropiadas. No podemos dejarnos asfixiar por el problema. Hay que buscar salidas. Y es ahí, en esa búsqueda de salidas, donde la crisis puede convertirse en oportunidad; una oportunidad para salir de nuestra rutina empresarial y para decidirnos de una vez a emprender nuevos caminos, no exentos de riesgos ciertamente, pero sí que nos abrirán multitud de posibilidades.
Hubo momentos más felices para la venta. Eran otros los tiempos, eran otras las circunstancias. Vender era casi una diversión. Mas que salir a vender, íbamos a que nos compraran. Nos estaban esperando –a nosotros y a la mercancía que ofertábamos- con los brazos abiertos. Sí, nos esperaban como agua de mayo. Y si, por cualquier circunstancia nos retrasábamos, la espera se convertía casi en una psicosis desesperante.
Pero hoy es diferente. Hoy la situación ha cambiado. Por eso una de las medidas urgentes que tenemos que adoptar es formar buenos equipos de ventas; equipos que ante las dificultades vean grandes oportunidades. Diríamos que tenemos que formar sicólogos, dispuestos a realizar esa tarea a perfección. Convencidos de su valía y de la valía del producto que ofertan, deben en todo momento hacer gala de ese proverbial buen hacer que la historia joyera testifica.
Sé que este no es el único remedio ni la panacea exclusiva. Pero estoy convencido de que puede aportar una extraordinaria ayuda para convertir la crisis en una oportunidad.

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