Se suele afirmar que somos animales de costumbres. Y no me cabe la menor duda de que en nuestro sector, en nuestro gremio, existen costumbres, tradiciones y usos muy arraigados. Algunos de ellos constituyen sin duda una rémora y nos están impidiendo avanzar; nos están impidiendo adaptarnos a las exigencias del mercado actual. Por eso resulta tan necesario que nos sometamos a una terapia emocional que nos impulse a salir de nuestra rutina.
La estructura emocional básica de una persona no tiene por qué permanecer inamovible o invariable. Puede ser modificada mediante una toma responsable de conciencia y sometiéndose a ciertas prácticas. Pero eso no se consigue de la noche a la mañana. Requiere tiempo y paciencia. Nuestro cerebro emocional tarde semanas, incluso meses, en cambiar sus hábitos. Por algo se le suele definir como un duro aprendizaje, no exento de esfuerzo constante y continuo.
Dicen los entendidos en psicología que para un crecimiento integral y armónico de la persona es necesario saber conjugar estos dos elementos básicos. Por una parte, resulta imprescindible conocer y manejar las emociones. Y, por otra, saber relacionar las emociones y los sentimientos. Ambas actitudes básicas constituyen la base sobre la que se asienta la verdadera personalidad de cualquier ser humano. Y de ellas depende, en gran medida, el equilibrio psíquico a la hora de saber ser, de saber estar y de saber actuar en todos y cada uno de los campos en los que nos movemos habitualmente.
Se suele hablar de tres tipos des sentimientos. A unos se los denomina sentimientos inferiores; y son los que están relacionados con las funciones vitales, como la alimentación, el crecimiento o la reproducción. Otros reciben el nombre de sentimientos superiores y entre ellos figuran la lealtad, la amistad, el amor, la satisfacción por la comprensión de una teoría o el gozo que se experimenta al contemplar una obra de arte. Y existe un tercer grupo que abarca los denominados sentimientos personales. Son los que hacen referencia a la propia estimación (orgullo, vanidad, vergüenza, humildad) o a la estimación ajena (simpatía, amor, compasión, envidia, odio y antipatía).
Una de las características que tienen nuestros sentimientos es que se mueven entre extremos opuestos (placer-dolor, amor-odio, esperanza-desesperanza). Y, aunque tienen la cualidad de ser perdurables en el tiempo, no siempre gozan de la misma intensidad. De ahí que puedan ser profundos o superficiales. De ahí que unos dejen huellas casi indelebles y otros, por el contrario, se esfumen sin pena ni gloria.
Las emociones, por su parte, son un estado de ánimo que se caracteriza por una conmoción orgánica que se produce como consecuencia de determinadas impresiones de los sentidos, de los recuerdos e, incluso, de algunas ideas. Toda emoción produce siempre una respuesta afectiva de gran intensidad, que sobreviene bruscamente e invade todo el psiquismo de la persona. Es más, suele estar acompañada de reacciones neurovegetativas como el llanto, el grito, el temblor, la risa o la carcajada.
Por eso las emociones acostumbran a ser más intensas pero más momentáneas, más fuertes pero menos duraderas. Suele imperar en ellas la ley del péndulo, de tal manera que resulta muy difícil mantener un equilibrio prolongado. Determinadas emociones, como la alegría, el miedo, la sorpresa y otras similares, se modifican o desaparecen al cabo de muy poco tiempo.
Todo lo dicho viene a cuento de que todos y cada uno tenemos que saber modificar nuestros sentimientos y dominar nuestras emociones. Somos seres racionales. Si queremos, podemos. No olvidemos nunca que querer es poder. En nuestras manos está el lograrlo. En nuestras manos está el alcanzar esa puesta al día que nos catapulte hacia un futuro más prometedor y más rentable. No me cabe la menor duda de que dominando nuestras emociones y modificando nuestros sentimientos, estaremos dando cabida en nuestra existencia diaria a nuevos proyectos empresariales que mejorarán en forma absoluta los resultados finales que queremos alcanzar.
La estructura emocional básica de una persona no tiene por qué permanecer inamovible o invariable. Puede ser modificada mediante una toma responsable de conciencia y sometiéndose a ciertas prácticas. Pero eso no se consigue de la noche a la mañana. Requiere tiempo y paciencia. Nuestro cerebro emocional tarde semanas, incluso meses, en cambiar sus hábitos. Por algo se le suele definir como un duro aprendizaje, no exento de esfuerzo constante y continuo.
Dicen los entendidos en psicología que para un crecimiento integral y armónico de la persona es necesario saber conjugar estos dos elementos básicos. Por una parte, resulta imprescindible conocer y manejar las emociones. Y, por otra, saber relacionar las emociones y los sentimientos. Ambas actitudes básicas constituyen la base sobre la que se asienta la verdadera personalidad de cualquier ser humano. Y de ellas depende, en gran medida, el equilibrio psíquico a la hora de saber ser, de saber estar y de saber actuar en todos y cada uno de los campos en los que nos movemos habitualmente.
Se suele hablar de tres tipos des sentimientos. A unos se los denomina sentimientos inferiores; y son los que están relacionados con las funciones vitales, como la alimentación, el crecimiento o la reproducción. Otros reciben el nombre de sentimientos superiores y entre ellos figuran la lealtad, la amistad, el amor, la satisfacción por la comprensión de una teoría o el gozo que se experimenta al contemplar una obra de arte. Y existe un tercer grupo que abarca los denominados sentimientos personales. Son los que hacen referencia a la propia estimación (orgullo, vanidad, vergüenza, humildad) o a la estimación ajena (simpatía, amor, compasión, envidia, odio y antipatía).
Una de las características que tienen nuestros sentimientos es que se mueven entre extremos opuestos (placer-dolor, amor-odio, esperanza-desesperanza). Y, aunque tienen la cualidad de ser perdurables en el tiempo, no siempre gozan de la misma intensidad. De ahí que puedan ser profundos o superficiales. De ahí que unos dejen huellas casi indelebles y otros, por el contrario, se esfumen sin pena ni gloria.
Las emociones, por su parte, son un estado de ánimo que se caracteriza por una conmoción orgánica que se produce como consecuencia de determinadas impresiones de los sentidos, de los recuerdos e, incluso, de algunas ideas. Toda emoción produce siempre una respuesta afectiva de gran intensidad, que sobreviene bruscamente e invade todo el psiquismo de la persona. Es más, suele estar acompañada de reacciones neurovegetativas como el llanto, el grito, el temblor, la risa o la carcajada.
Por eso las emociones acostumbran a ser más intensas pero más momentáneas, más fuertes pero menos duraderas. Suele imperar en ellas la ley del péndulo, de tal manera que resulta muy difícil mantener un equilibrio prolongado. Determinadas emociones, como la alegría, el miedo, la sorpresa y otras similares, se modifican o desaparecen al cabo de muy poco tiempo.
Todo lo dicho viene a cuento de que todos y cada uno tenemos que saber modificar nuestros sentimientos y dominar nuestras emociones. Somos seres racionales. Si queremos, podemos. No olvidemos nunca que querer es poder. En nuestras manos está el lograrlo. En nuestras manos está el alcanzar esa puesta al día que nos catapulte hacia un futuro más prometedor y más rentable. No me cabe la menor duda de que dominando nuestras emociones y modificando nuestros sentimientos, estaremos dando cabida en nuestra existencia diaria a nuevos proyectos empresariales que mejorarán en forma absoluta los resultados finales que queremos alcanzar.

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