Dicen algunos economistas -no sé si con demasiado optimismo- que esto de la crisis que estamos padeciendo no es más que un ciclo. Para ellos el problema no sería tan fuerte e insalvable. Sería simplemente que ha terminado un largo ciclo de prosperidad y que ha comenzado otro de recesión. Igual que la ley del péndulo. O igual que el sueño del faraón bíblico interpretado por José: después de los años de vacas gordas, llegan los años de vacas flacas.
En buena lógica, esta interpretación se nos antoja demasiado pueril y carente de base científica. Todos sabemos que estas cosas no surgen por generación espontánea sino que vienen precedidas de un cúmulo de causas. Unas de ellas son muy concretas y específicas. Pero otras se diluyen y extienden por el amplio magma de volcán económico mundial no siempre fácil de descifrar.
Ya lo dice el refrán: la avaricia rompe el saco. Hemos querido mantener -y, a veces, acelerar- un crecimiento económico continuo. Y esta imprudente actitud nos ha hecho incurrir en una serie de errores que nadie ha sabido detectar ni, después, ha podido evitar. Los más llamativos van desde las famosas hipotecas subprime concedidas a personas sin capacidad para pagarlas, hasta la crisis inmobiliaria, acentuados por una no siempre ética ni efectiva actuación de la banca mundial.
Con los principales sectores financieros e inmobiliarios en crisis, el resto era cuestión de tiempo. La caída en picado de la demanda en todos los sectores por falta de consumo privado y el incremento del paro hasta los niveles mas altos, tenían que llegar necesariamente. Era y es algo que no tiene vuelta de hoja, por mucho que nuestros dirigentes políticos y económicos se empeñen en querernos hacer ver otra cosa.
La crisis nos afecta a todos. Nuestro sector, nuestro gremio, no es ajeno a ella. Y, en algunos aspectos concretos, la sufre de una manera más intensa. De ahí que todos y cada uno –juntos e individualmente- tratemos te combatirla con las armas a nuestro alcance. Aquí no podemos esperar a ver qué pasa. No podemos permanecer pasivos, aguardando que otros nos saquen las castañas del fuego. Tenemos que tomar medidas a corto y a largo plazo.
En este aspecto considero que hay que caminar en una doble dirección. A corto plazo tenemos que potenciar el consumo privado. Si el consumo privado no se acentúa, nuestra producción, por muy buena y abundante que sea, sirve de muy poco. El consumo privado, el vencimiento de ese miedo que lleva al cliente a ahorrar al máximo, es una tarea ineludible que todos debemos acometer.
Pero también hay que tomar medidas a largo plazo. En un mercado internacional libre y globalizado, nuestros productos y servicios compiten con los de los demás países y el consumidor, ante un producto de igual o similar calidad, se inclinará por adquirir el más barato. De modo que, para poder vender, habrá que producir aquello que los demás no saben o no pueden producir. Y habrá que hacerlo mas barato.
Esto supone que nuestros costes han de ser menores. Y es muy posible que para lograr este objetivo tengamos que someter a nuestras empresas a una exhaustiva y concienzuda revisión atendiendo a los cuatro eslabones básicos de toda la cadena comercial. Dicen los entendidos que los costes de un producto pueden fijarse en cuatro grupos o eslabones: la materia prima, la producción (básicamente, la maquinaria y el precio de la energía) la mano de obra y la comercialización (la distribución o transporte al punto de venta). Y, dentro de la distribución o previa a ella, no podemos olvidar el capítulo dedicado a la publicitación, a dar a conocer el producto, a despertar el interés sobre él y a hacerlo atrayente y atractivo al máximo.
Tengo la seguridad de que, si analizamos, sopesamos y tomamos las medidas apropiadas para cada uno de estos grandes capítulos o eslabones de nuestras cadenas comerciales, estaremos poniendo las bases de un futuro más halagüeño que el que estamos sufriendo y padeciendo. Es cierto que no sabemos cuando llegará el final del túnel. Esta es la primera crisis económica mundial del siglo XXI y dicen que no es comparable a las anteriores. Los más optimistas afirman que ya debería tocar fondo durante el presente año., para poder comenzar a recuperarnos durante el 2010 y el 2011. Los pesimistas, sin embargo, le auguran una mayor longevidad y hablan hasta de cuatro o cinco años.
Sea lo que sea, lo cierto es que todos y cada uno nos sentimos afectados. Y, por consiguiente, no podemos permanecer cruzados de brazos. Tenemos que ser realistas y trabajar con realismo. No hay que dejarse llevar por esas voces alarmistas que ponen el mundo al borde del abismo. Se trata de un ciclo tremendamente bajista y acentuadamente descendente hasta niveles insospechados. Pero no es el fin del mundo. Estoy convencido de que, si trabajamos unidos, una vez más, saldremos adelante.
Y sin meterme a filósofo quiero subrayar que en el transfondo de esta crisis hay otras crisis mucho más profundas e insondables. Hay una crisis moral e ideológica, una crisis civil y política, una crisis de objetivos y valores y una crisis sociológica y antropológica que están afectando a las mismas raíces de nuestro ser, a nuestro estilo de vida, a nuestra manera de ser y actuar y a nuestra manera de hacer uso del cosmos en el que nos ha tocado vivir. Tengámoslo en cuenta y actuemos en consecuencia.
En buena lógica, esta interpretación se nos antoja demasiado pueril y carente de base científica. Todos sabemos que estas cosas no surgen por generación espontánea sino que vienen precedidas de un cúmulo de causas. Unas de ellas son muy concretas y específicas. Pero otras se diluyen y extienden por el amplio magma de volcán económico mundial no siempre fácil de descifrar.
Ya lo dice el refrán: la avaricia rompe el saco. Hemos querido mantener -y, a veces, acelerar- un crecimiento económico continuo. Y esta imprudente actitud nos ha hecho incurrir en una serie de errores que nadie ha sabido detectar ni, después, ha podido evitar. Los más llamativos van desde las famosas hipotecas subprime concedidas a personas sin capacidad para pagarlas, hasta la crisis inmobiliaria, acentuados por una no siempre ética ni efectiva actuación de la banca mundial.
Con los principales sectores financieros e inmobiliarios en crisis, el resto era cuestión de tiempo. La caída en picado de la demanda en todos los sectores por falta de consumo privado y el incremento del paro hasta los niveles mas altos, tenían que llegar necesariamente. Era y es algo que no tiene vuelta de hoja, por mucho que nuestros dirigentes políticos y económicos se empeñen en querernos hacer ver otra cosa.
La crisis nos afecta a todos. Nuestro sector, nuestro gremio, no es ajeno a ella. Y, en algunos aspectos concretos, la sufre de una manera más intensa. De ahí que todos y cada uno –juntos e individualmente- tratemos te combatirla con las armas a nuestro alcance. Aquí no podemos esperar a ver qué pasa. No podemos permanecer pasivos, aguardando que otros nos saquen las castañas del fuego. Tenemos que tomar medidas a corto y a largo plazo.
En este aspecto considero que hay que caminar en una doble dirección. A corto plazo tenemos que potenciar el consumo privado. Si el consumo privado no se acentúa, nuestra producción, por muy buena y abundante que sea, sirve de muy poco. El consumo privado, el vencimiento de ese miedo que lleva al cliente a ahorrar al máximo, es una tarea ineludible que todos debemos acometer.
Pero también hay que tomar medidas a largo plazo. En un mercado internacional libre y globalizado, nuestros productos y servicios compiten con los de los demás países y el consumidor, ante un producto de igual o similar calidad, se inclinará por adquirir el más barato. De modo que, para poder vender, habrá que producir aquello que los demás no saben o no pueden producir. Y habrá que hacerlo mas barato.
Esto supone que nuestros costes han de ser menores. Y es muy posible que para lograr este objetivo tengamos que someter a nuestras empresas a una exhaustiva y concienzuda revisión atendiendo a los cuatro eslabones básicos de toda la cadena comercial. Dicen los entendidos que los costes de un producto pueden fijarse en cuatro grupos o eslabones: la materia prima, la producción (básicamente, la maquinaria y el precio de la energía) la mano de obra y la comercialización (la distribución o transporte al punto de venta). Y, dentro de la distribución o previa a ella, no podemos olvidar el capítulo dedicado a la publicitación, a dar a conocer el producto, a despertar el interés sobre él y a hacerlo atrayente y atractivo al máximo.
Tengo la seguridad de que, si analizamos, sopesamos y tomamos las medidas apropiadas para cada uno de estos grandes capítulos o eslabones de nuestras cadenas comerciales, estaremos poniendo las bases de un futuro más halagüeño que el que estamos sufriendo y padeciendo. Es cierto que no sabemos cuando llegará el final del túnel. Esta es la primera crisis económica mundial del siglo XXI y dicen que no es comparable a las anteriores. Los más optimistas afirman que ya debería tocar fondo durante el presente año., para poder comenzar a recuperarnos durante el 2010 y el 2011. Los pesimistas, sin embargo, le auguran una mayor longevidad y hablan hasta de cuatro o cinco años.
Sea lo que sea, lo cierto es que todos y cada uno nos sentimos afectados. Y, por consiguiente, no podemos permanecer cruzados de brazos. Tenemos que ser realistas y trabajar con realismo. No hay que dejarse llevar por esas voces alarmistas que ponen el mundo al borde del abismo. Se trata de un ciclo tremendamente bajista y acentuadamente descendente hasta niveles insospechados. Pero no es el fin del mundo. Estoy convencido de que, si trabajamos unidos, una vez más, saldremos adelante.
Y sin meterme a filósofo quiero subrayar que en el transfondo de esta crisis hay otras crisis mucho más profundas e insondables. Hay una crisis moral e ideológica, una crisis civil y política, una crisis de objetivos y valores y una crisis sociológica y antropológica que están afectando a las mismas raíces de nuestro ser, a nuestro estilo de vida, a nuestra manera de ser y actuar y a nuestra manera de hacer uso del cosmos en el que nos ha tocado vivir. Tengámoslo en cuenta y actuemos en consecuencia.

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