Hasta no hace muchos años, la filosofía definía al individuo de la especie humana como un “compuesto de alma y cuerpo”. Después, con el lógico deseo de subrayar la unidad integral de cada individuo, se comenzó a hablar de un “ser con dos dimensiones”. ¿Qué cuales eran o son esas dos dimensiones? Pues, muy sencillo: la dimensión corporal y la dimensión espiritual, que algunos, tratando de escapar de toda significación que pudiese tener el más mínimo atisbo de connotación religiosa, han dado en llamar simplemente dimensión no corporal.
A esta dimensión no corporal o espiritual de cada persona pertenece todo ese amplio y variopinto mundo de los afectos, los sentimientos y las emociones, sean del tipo que sean. Y, aunque a veces o con frecuencia tengan repercusiones somáticas o corporales, nunca se podrán reducir a simples expresiones de la corporeidad. Su esencia va mucho más allá. Y su riqueza anímica requiere admitir una realidad básica que supera lo puramente somático. Es por eso por lo que no pueden cuantificarse sometiéndolas a unas coordenadas de peso y medida como solemos hacer con los elementos que componen nuestra dimensión puramente corporal.
Hoy quiero fijarme en una de esas realidades no corporales –yo prefiero llamarle espirituales- que tanta importancia tienen en la vida de cada persona. Me estoy refiriendo a las emociones. El Diccionario nos ofrece dos acepciones de esta palabra que me gustaría resaltar y subrayar. Dice que es el “estado afectivo intenso y transitorio producido por una situación o estímulo del entorno que transforma el equilibrio psicofísico de una persona”. Y dice también que es el “interés expectante o ansiedad con que se participa en algo que está ocurriendo”. Ambas acepciones no son, pues, contradictorias. Al contrario, creo que se pueden considerar complementarias y que en su conjunto reflejan una realidad tremendamente rica en matices que son capaces de condicionar nuestros comportamientos y nuestra manera de situarnos ante un determinado evento o ante una situación concreta.
Si aplicamos esto al campo comercial, no nos resultará difícil caer en la cuenta de la necesidad que tenemos de generar emociones. Por eso, en momentos tan delicados como los actuales, resulta tan importante no desatender y cultivar con mimo este campo emocional. El uso y aprovechamiento de las emociones es una tarea que no podemos ni debemos descuidar. En primer lugar, resulta imprescindible para potenciar y rentabilizar la empresa. Nuestra empresa no puede ser un simple engranaje frío, amorfo y sin vida. Necesita estar dotada de ese dinamismo y de esa vitalidad emotiva que la hagan atractiva y atrayente y que provoque en nuestros empleados esa satisfacción y ese orgullo de pertenencia a ella. Pero todavía hay más. Nuestros clientes habituales y nuestros posibles clientes, ante la presencia y a la vista de nuestros productos, deben sentir también esa misma intensa emoción que les llevará a no poder prescindir de ellos.
De ahí que manejar –o saber manejar- el aspecto emocional no solo es la clave para controlar nuestras propias emociones de seres humanos que somos. También resulta fundamental para poder potenciar las de los demás, sean empleados o clientes, y así hacer más productiva y rentable nuestra empresa. Por eso los estudiosos de las técnicas productivas y comerciales están comprobando que el estilo antiguo de dirección en el que prevalecía el orden, el control y el mando, ya no resulta tan efectivo. Y por eso mismo afirman que, actualmente, para sobrevivir y diferenciarse, el entorno empresarial demanda un mayor desarrollo individual y unos valores emotivos que sepan dar sentido a los objetivos propuestos. Aquí se trata, nada más y nada menos, de saber generar esa emotividad que potencie y lleve a feliz término la razón de ser de nuestra empresa.
Claro que esa emotividad no va a surgir por generación espontánea ni por arte de magia. Si queremos que en nuestros clientes o posibles clientes surja esa necesaria emotividad, si queremos que nuestros productos generen emociones fuertes y tentadoras, tenemos que poner los medios adecuados y utilizar los canales apropiado para tal fin. De lo contrario estaremos dando palos de ciego o, como se dice vulgarmente, regando fuera del tiesto. La única manera de dar en el clavo es no renunciar a utilizar los cauces específicos que el sector posee. El único modo de acertar en la diana es recurrir siempre a las empresas especializadas en la realización de estas delicadas tareas.
A esta dimensión no corporal o espiritual de cada persona pertenece todo ese amplio y variopinto mundo de los afectos, los sentimientos y las emociones, sean del tipo que sean. Y, aunque a veces o con frecuencia tengan repercusiones somáticas o corporales, nunca se podrán reducir a simples expresiones de la corporeidad. Su esencia va mucho más allá. Y su riqueza anímica requiere admitir una realidad básica que supera lo puramente somático. Es por eso por lo que no pueden cuantificarse sometiéndolas a unas coordenadas de peso y medida como solemos hacer con los elementos que componen nuestra dimensión puramente corporal.
Hoy quiero fijarme en una de esas realidades no corporales –yo prefiero llamarle espirituales- que tanta importancia tienen en la vida de cada persona. Me estoy refiriendo a las emociones. El Diccionario nos ofrece dos acepciones de esta palabra que me gustaría resaltar y subrayar. Dice que es el “estado afectivo intenso y transitorio producido por una situación o estímulo del entorno que transforma el equilibrio psicofísico de una persona”. Y dice también que es el “interés expectante o ansiedad con que se participa en algo que está ocurriendo”. Ambas acepciones no son, pues, contradictorias. Al contrario, creo que se pueden considerar complementarias y que en su conjunto reflejan una realidad tremendamente rica en matices que son capaces de condicionar nuestros comportamientos y nuestra manera de situarnos ante un determinado evento o ante una situación concreta.
Si aplicamos esto al campo comercial, no nos resultará difícil caer en la cuenta de la necesidad que tenemos de generar emociones. Por eso, en momentos tan delicados como los actuales, resulta tan importante no desatender y cultivar con mimo este campo emocional. El uso y aprovechamiento de las emociones es una tarea que no podemos ni debemos descuidar. En primer lugar, resulta imprescindible para potenciar y rentabilizar la empresa. Nuestra empresa no puede ser un simple engranaje frío, amorfo y sin vida. Necesita estar dotada de ese dinamismo y de esa vitalidad emotiva que la hagan atractiva y atrayente y que provoque en nuestros empleados esa satisfacción y ese orgullo de pertenencia a ella. Pero todavía hay más. Nuestros clientes habituales y nuestros posibles clientes, ante la presencia y a la vista de nuestros productos, deben sentir también esa misma intensa emoción que les llevará a no poder prescindir de ellos.
De ahí que manejar –o saber manejar- el aspecto emocional no solo es la clave para controlar nuestras propias emociones de seres humanos que somos. También resulta fundamental para poder potenciar las de los demás, sean empleados o clientes, y así hacer más productiva y rentable nuestra empresa. Por eso los estudiosos de las técnicas productivas y comerciales están comprobando que el estilo antiguo de dirección en el que prevalecía el orden, el control y el mando, ya no resulta tan efectivo. Y por eso mismo afirman que, actualmente, para sobrevivir y diferenciarse, el entorno empresarial demanda un mayor desarrollo individual y unos valores emotivos que sepan dar sentido a los objetivos propuestos. Aquí se trata, nada más y nada menos, de saber generar esa emotividad que potencie y lleve a feliz término la razón de ser de nuestra empresa.
Claro que esa emotividad no va a surgir por generación espontánea ni por arte de magia. Si queremos que en nuestros clientes o posibles clientes surja esa necesaria emotividad, si queremos que nuestros productos generen emociones fuertes y tentadoras, tenemos que poner los medios adecuados y utilizar los canales apropiado para tal fin. De lo contrario estaremos dando palos de ciego o, como se dice vulgarmente, regando fuera del tiesto. La única manera de dar en el clavo es no renunciar a utilizar los cauces específicos que el sector posee. El único modo de acertar en la diana es recurrir siempre a las empresas especializadas en la realización de estas delicadas tareas.

1 comentario:
Emoción... emocionar, enamorar, confiar, convencer. Este podría ser el orden lógico para cerrar un buen contrato de venta.
Vendemos joyería señores, seamos serios y ofrezcamos lo que el cliente final quiere. Una pieza de joyería que no aporta nada más que unos gramos de oro unos kilates de piedras... no es más que lo que vale el oro más lo que valen las piedras. Y señores eso no es una compra de joyería eso es una inversión.
Pero entonces estamos haciendo mal, ya que nuestro negocio sería "Tienda de inversión" en lugar de "Tienda de Joyería".
Para ello necesitas un diseño que enamore, un estuche que emocione, una tienda en la que confías y un dependiente que convenza.
No podemos olvidar nada, nada más que dar a conocer que lo tengo todo: Una buena publicidad.
Publicar un comentario